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El alto y hosco suboficial vestía uniforme Imperial y llevaba su lista de comunicaciones como la vara de un mariscal de campo. La golpeaba distraídamente contra el muslo y rastreaba al grupo de jóvenes de pie frente a él, clavándoles una mirada de seco desdén. Desafiante.

Todo es parte del juego, se dijo a sí mismo Miles. Estaba de pie en la fresca brisa otoñal con pantaloncillos cortos y zapatillas, tratando de no tiritar. Nada mejor para desequilibrarle a uno que estar casi desnudo cuando todo alrededor parece listo para una de las inspecciones del emperador Gregor; aunque, para ser justos, casi todos allí vestían como él. El suboficial que supervisaba las pruebas parecía sencillamente una multitud de un solo hombre.

Miles le midió, preguntándose qué ardides, conscientes o inconscientes, empleaba con su lenguaje corporal para lograr ese aire de fría competencia. Había algo que aprender ahí...

- Correrán de dos en dos - ordenó el suboficial.

No parecía alzar la voz, de algún modo, ésta estaba graduada para llegar hasta el extremo de las filas. Otra treta eficaz, pensó Miles; le recordaba esa costumbre de su padre de declinar la voz hasta un susurro cuando estaba enfurecido. Fijaba la atención.

- El cronometraje de los cinco kilómetros empieza inmediatamente al terminar la última fase de la carrera de obstáculos, recuérdenlo. - El suboficial comenzó a designar las parejas.

Las eliminatorias, para los aspirantes a oficiales del Servicio Imperial de Barrayar, duraban una agotadora semana. Miles ya había dejado atrás cinco días de exámenes escritos y orales. La peor parte había pasado, decían todos.

Había casi un aire de distensión entre los jóvenes que le rodeaban. Había más charlas y bromas en el grupo, quejas exageradas sobre la dificultad de los exámenes, el ingenio marchito de los oficiales examinadores, la mala comida, el sueño interrumpido y las sorpresivas distracciones durante las pruebas. Éstas eran quejas de autofelicitación entre los supervivientes. Esperaban con placer los exámenes físicos, como un juego. Un recreo, tal vez. La peor parte había pasado; para todos, excepto para Miles.

Estaba erguido tan alto como era y se estiraba, como si pudiera enderezar su encorvada columna con la fuerza de la voluntad. Dio un ligero tirón a su barbilla, como equilibrando su cabeza - una cabeza adecuada para un hombre de más de un metro ochenta de estatura - sobre el esqueleto de menos de metro y medio, y limitó su mirada a la carrera de obstáculos. Empezaba con una pared de hormigón de cinco metros de alto, rematada con clavos de hierro. Trepar no sería problema, no ningún inconveniente con sus músculos; era el descenso lo que le preocupaba. Los huesos, siempre los malditos huesos...

- Kosigan, Kotolitz - gritó el suboficial, pasando frente a él.

El ceño de Miles se tensó y dirigió al suboficial una punzante mirada; enseguida se controló y fijó la vista al frente, en un punto vacío. La omisión del tratamiento honorífico antes de su nombre era una política, no un insulto: todas las clases significaban ahora lo mismo en el servicio del emperador. Una buena política; su propio padre la respaldaba.

El abuelo se quejaría, seguro, pero ese viejo irreconciliable había iniciado su servicio Imperial cuando el arma principal era la caballería y cada oficial entrenaba a sus propios aprendices militares. Haberse dirigido a él en esos días como Kosigan, sin el Vor, podría haber terminado en un duelo. Ahora su nieto solicitaba ingresar en una academia militar, de tipo <<fuera del planeta>>, y entrenar con tácticas de armas energéticas, refugios subterráneos y defensa planetaria; y estaba hombro con hombro junto a jóvenes a quienes, en los viejos tiempos, no hubiera permitido que lustraran su espalda.

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No muy hombro con hombro, pensó fríamente Miles, echando un vistazo furtivo a los aspirantes que estaban a su lado. El que haría pareja con él en la carrera de obstáculos, ¿cuál era su nombre?, Kostolitz, notó la mirada y se la devolvió con mal disimulada curiosidad. El nivel de la vista de Miles le dio una buena oportunidad para examinar los excelentes bíceps del camarada. El suboficial ordenó romper filas a los que no iban a correr todavía la carrera de obstáculos. Miles y su compañero se sentaron en el suelo.

- Te he estado observando toda esta semana - dijo Kostolitz -. ¿Qué demonios es esa cosa en tu pierna?

Miles controló su irritación con la facilidad que le daba la práctica. Dios sabía que resaltaba en la multitud, particularmente en esta multitud. Al menos, Kostolitz no hacía signos de brujería al verle, como una cierta campesina decrépita allá en Vorkosigan Surleau. En algunas de las regiones más remotas y atrasadas de Barrayar, como en lo más profundo de las montañas Dendarii, en el propio distrito de los Vorkosigan, el infanticidio aún se practicaba por defectos tan poco graves como el labio leporino, a pesar de los esporádicos esfuerzos de los centros de autoridad más ilustres por extirparlo. Miró al par de varillas metálicas que sujetaban su pierna izquierda desde la rodilla hasta el tobillo, y que habían permanecido ocultas bajo el pantalón hasta ese día.

- Es un refuerzo - respondió, cortés pero esquivo.

Kostolitz seguía mirando curiosamente.

- ¿Para qué?

- Es provisional. Tengo un par de huesos frágiles ahí. Así evitan que se rompan hasta que el cirujano esté completamente seguro que he dejado de crecer. Luego los reemplazarán por unos sintéticos.

- Qué extraño - comentó Kostolitz -. ¿Es una enfermedad, o qué? - Pretendiendo reacomodarse un poco, se movió alejándose ligeramente de Miles.

Cerdo, cerdo, pensó Miles con furia; quizá debiera alarmarle. Tengo que decirle que es contagioso, que yo medía más de uno ochenta el año pasado por estas fechas... Desechó la tentación.

- Mi madre estuvo expuesta a un gas venenoso cuando se encontraba embarazada de mí. Se recuperó; todo salió bien, pero aquello arruinó mi crecimiento óseo.

- ¡Ah! ¿No te dieron ningún tratamiento médico?

- Oh, sí, digno de la Inquisición; por eso ahora puedo caminar, en vez de que me lleven en un cubo.

Kostolitz parecía ligeramente repugnado, pero dejó de dar rodeos sutiles.

- ¿Cómo pudiste pasar los exámenes médicos? Creí que había una altura mínima exigida.

- Eso ha quedado en suspenso, pendiente del resultado que obtenga en las pruebas.

- Ah.

Kostolitz dirigió aquello. Miles volvió otra vez su atención a la prueba que tenía por delante. Tenía que ganar algo de tiempo en la marcha cuerpo a tierra bajo el fuego láser; vaya, lo necesitaría en la carrera de los cinco kilómetros.

La falta de altura y la permanente cojera de su pierna izquierda, unos buenos cuatro centímetros más corta que la derecha, le retardarían. No había remedio para eso. Mañana sería mejor; mañana era la fase de resistencia. El grupo de jóvenes zancudos y largos que le rodeaba le vencería incuestionablemente en la carrera de velocidad. Esperaba ser sin dudas el último hombre en el primer trecho de 25 kilómetros mañana y, probablemente, también en el segundo, pero, después de 75 kilómetros, la mayoría estaría flaqueando, a medida que el verdadero dolor aumentara. Soy un profesional del dolor, Kostolitz, pensó dirigiéndose a su rival. Mañana, después del kilómetro 100, te pediré que me repitas esas preguntas tuyas, se es que te queda aliento...

Maldita sea, prestemos atención al asunto, no a esta minucia. Una caída de cinco metros; tal vez fuera dejarlo pasar, sacar un cero en esa parte. Pero su puntuación general sería relativamente mala. Odiaba perder un solo punto 2

innecesariamente y, encima, en el mismísimo comienzo. Iba a necesitar cada uno de ellos. Saltar la pared recortaría su estrecho margen de seguridad.

- ¿Esperas realmente pasar el examen físico? - preguntó Kostolitz, mirando hacia otra parte -. Quiero decir, por encima del cincuenta por ciento...

- No.

Kostolitz pareció desconcertado.

- ¡Demonios! ¿Cuál es el motivo entonces?

- No tengo que pasarlos, sólo lograr algo parecido a una calificación decente.

Las cejas de Kostolitz se alzaron.

- ¿El culo de quién tienes que besar para llegar a un trato como ése?, ¿el de Gregor Vorbarra?

Había un fondo de incipiente envidia en su tono, una consciente sospecha de clase. La mandíbula de Miles se apretó. No saquemos a relucir el tema de los padres...

- ¿Cómo piensas ingresar sin aprobarlos? - persistió Kostolitz, entrecerrando los ojos. Su nariz olfateaba el aroma del privilegio, como un animal se alerta por la sangre.

Sé diplomático, se dijo a sí mismo Miles, también eso debería estar en tu sangre, como la guerra.

- Hice una petición para que me promediaran mis calificaciones, en lugar de tomarlas por separado. Espero que mis exámenes escritos compensen los exámenes físicos - explicó pacientemente Miles.

- ¿Hasta ese punto? ¡Necesitarías unas calificaciones casi perfectas!

- Exacto - gruñó Miles.

- Kosigan, Kostolitz - gritó otro supervisor uniformado.

Entraron en la zona de salida.

- Es un poco duro para mí, ya sabes - se quejó Kostolitz.

- ¿Por qué? No tiene nada que ver contigo, no es asunto tuyo en absoluto - señaló Miles intencionadamente.

- Nos ponen en parejas para compararnos. ¿Cómo sabré si lo estoy haciendo bien?

- Oh, no te preocupes en ir a mi ritmo - murmuró Miles.

Fueron llamados a su puesto. Miles miró, a través del campo de maniobras, a un grupo de hombres esperando y observando: unos pocos parientes militares y los sirvientes de librea del puñado de hijos del conde presentes hoy. Había un par de hombres de recia apariencia que vestían el dorado y azul de los Vorpatril; el primo Ivan debía estar por ahí en alguna parte.

Y allí estaba Bothari, alto como una montaña y flaco como un cuchillo, con el marrón y el plateado de los Vorkosigan. Miles levantó su mentón en un saludo apenas perceptible. Bothari, a cien metros de distancia, recogió el gesto y cambió su postura suelta por una inmóvil posición de descanso, como reconocimiento.

Un par de oficiales examinadores, el suboficial y dos supervisores de la carrera estaban agrupados a cierta distancia. Algunas gesticulaciones, una mirada en diercción a Miles: una discusión, al parecer. Finalizó. Los supervisores volvieron a sus puestos, uno de los oficiales se dirigió al siguiente par de aspirantes que correrían y el suboficial se acercó a Miles y a su compañero. Parecía incómodo. Miles estudió sus rasgos de fría cortesía.

- Kosigan - comenzó a decir el suboficial con una voz cuidadamente neutral -, va a tener que quitarse el refuerzo de la pierna. No se permiten auxilios artificiales para la prueba.

Una docena de contraargumentos surgieron en la mente de Miles. Apretó los labios conta ellos. Este suboficial era, en cierto sentido, su jefe; Miles sabía con toda seguridad que hoy se evaluaba algo más que el rendimiento físico.

- Sí, señor.

Es suboficial pareció imperceptiblemente aliviado.

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- ¿Puedo entregárselo a mi siriviente? - preguntó Miles. Amenazó al suboficial con la mirada; si no, voy a encajártelo a ti y tendrás que acarrearlo durante el resto del día, ya verás qué ilustre te sientes.

- Desde luego, señor - dijo el suboficial.

El <<señor>> fue un desliz; el suboficial sabía quién era él, por supuesto. Una leve sonrisa cruzó la boca de Miles y desapareció. Miles le hizo a Bothari una seña orgullosa y el guardaespaldas de librea trotó obedientemente hasta allí.

- No debe conversar con él - advirtió el suboficial.

- Sí, señor - aceptó Miles. Se sentó en el suelo y desabrochó el pesado aparato. Bien, un kilo menos que cargar.

Se lo arrojó a Bothari, quien lo atrapó con una mano y se mantuvo erguido. Bothari, correctamente, no le ofreció una mano para levantarse.

Al ver juntos a su guardaespaldas y al suboficial, súbitamente el suboficial le pareció a Miles menos molesto.

De alguna manera, el supervisor le pareció más bajo, y más joven; incluso un poco más blando. Bothari era más alto, más delgado, mucho más viejo, bastante más feo y notablemente peor de aspecto; pero Bothari había sido suboficial cuando este supervisor apenas era una criatura.

Mandíbula estrecha, nariz aguileña, ojos muy juntos y de un color impreciso; Miles miró el rostro de su sirviente con un afectuoso y posesivo orgullo. Miró entonces la pista de obstáculos y dejó que sus ojos se cruzaran con los de Bothari. Éste observó la pista también, frunció los labios, apretó firmemente el aparato aquel bajo su brazo y dio una leve sacudida a su cabeza dirigida, aparentemente, al medio fondo. La boca de Miles se contrajo. Bothari suspiró y trotó de vuelta al área de espera.

De este modo, Bothari aconsejó precaución. Pero el trabajo de Bothari era mantenerle a salvo, no ayudarle en la carrera; no, no está bien, se reprochó Miles. Nadie había sido más útil que Bothari en su preparación para esta frenética semana. Se pasó interminables horas entrenando, empujando el cuerpo de Miles hasta sus demasiado estrechos límites, dedicado sin flaquezas a la apasionada obsesión de custodiarle. Mi primer comando, pensó Miles. Mi ejército privado.

Kostolitz miró fijamente a Bothari. Identifcó la librea al fin, al parecer, porque volvió la vista a Miles con un repentino esclarecimiento.

- Entonces eso es lo que eres - dijo, con un pasmo de envidia -. No es sorprendente que consiguieras llegar a un acuerdo en lo de las pruebas.

Miles sonrió apretadamente ante el insulto implícito. La tensión subió por su espalda. Estaba buscando alguna réplica convenientemente dañina, pero fueron llamados a la marca de la salida.

La facultad deductiva de Kostolitz seguía mascullando al parecer, pues agregó sarcásticamente.

- ¡Y por eso es por lo que el Lord Regente nunca se esforzó por el Imperio!

- Preparados - dijo el supervisor -. ¡Ya!

Y salieron. Kostolitz aventajó a Miles inmediatamente. Será mejor que corras, bastardo estúpido, porque si llego a agarrarte te voy a matar. Miles galopaba tras él, sintiéndose como una vaca en una carrera de caballos.

La pared, la maldita pared; Kostolitz estaba jadeando a mitad de la misma cuando Miles llegó a ella. Al menos podría demostrarle a este héroe proletario cómo trepar. La trepó como si los diminutos asideros para los pies y las manos fueran grandes escalones, los músculos potenciados - sobrepotenciados - por la furia. Para satisfacción suya, llegó a la cumbre antes que Kostolitz. Miró hacia abajo y se detuvo de repente, encaramado prudentemente entre los clavos de hierro.

El supervisor estaba observando atentamente. Kostolitz alcanzó a Miles, con la cara enrojecida por el esfuerzo.

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- ¿Un Vor asustado por las alturas? - jadeó Kostolitz, sonriendo maliciosamente por encima de su hombro.

Luego, se arrojó, golpeó la arena con un impacto imperioso, recuperó el equilibrio y echó a correr.

Bajando a gatas como una vieja artrítica, se perderían preciosos segundos... Tal vez si se dejara rodar hasta el suelo... El supervisor estaba mirando... Kostolitz ya había alcanzado el siguiente obstáculo... Miles saltó. El tiempo parecía estirarse, a medida que él iba cayendo hacia la arena, para permitirle saborear especialmente todo el mal sabor de su error. Golpeó la arena con el crujido familiar del astillazo.

Y se sentó, pestañeando estúpidamente por el dolor. No gritaría. Al menos, comentó sarcásticamente el observador independiente oculto en su cerebro, no puedes echarle la culpa a la ortopedia; esta vez te las has arreglado para romperte las dos.

Sus piernas comenzaron a hincharse y a cambiar de color, moteadas de blanco y enrojecidas. Tiró él mismo de ellas hasta estirarlas y se inclinó un momento, ocultando el rostro entre las rodillas. Con la cara escondida, se permitió un único gesto callado de dolor. No maldijo. Los términos más viles que conocía parecían totalmente insuficientes para la ocasión.

El supervisor, advirtiendo el hecho de que no iba a levantarse, comenzó a dirigirse hacia él.

Miles se arrastró por la arena, fuera del recorrido de los siguientes aspirantes, y esperó pacientemente a Bothari.

Ahora tenía todo el tiempo del mundo.

Miles decidió que, definitivamente, las nuevas muletas antigravitatorias no le gustaban, aun cuando no fueran visibles debajo de la ropa. Le daban a su andar una resbalosa inseguridad que le hacía sentirse de plástico. Hubiera preferido un buen bastón antiguo o, mejor aún, una espada como la del capitán Koudelka, que uno podía clavar en el suelo a cada paso con satisfacción como si estuviese atravesando a algún enemigo adecuado; Kostolitz, por ejemplo.

Hizo una pausa para equilibrarse antes de encaminarse a la Casa Vorkosigan.

Bajo la luz matinal del otoño, partículas diminutas centelleaban cálidamente en el granito gastado, a pesar de la niebla industrial que pendía sobre la capital de Vorbarr Sultana. Un lejano estrépito, calle abajo, indicaba el lugar donde una mansión similar estaba siendo demolida para dar paso a un edificio moderno. Miles observó la gran mansión frente a él, del otro lado de la calle; una figura se movió contra la línea de la azotea. Las almenas habían cambiado, pero los soldados vigías aún acechaban entre ellas.

Bothari, apareciendo silenciosamente por detrás suyo, se inclinó de pronto para recoger una moneda de la acera. La guardó con cuidado en su bolsillo izquierdo. El bolsillo especial.

La boca de Miles se arqueó y su mirada se hizo afectuosa y alegre.

- ¿Todavía la dote?

- Por supuesto - respondió serenamente Bothari. Su voz era de un registro sumamente bajo y de cadencia monótona. Uno tenía que conocerlo muy bien para interpretar esa falta de expresividad. Miles conocía cada ínfima variación de su timbre, como una persona conoce su propio cuarto en la oscuridad.

- Has estado ahorrando centavos de marco para Elena desde que tengo memoria. ¡Las dotes se terminaron junto con la caballería, por el amor de Dios! Ahora incluso los Vor se casan sin ellas. Ésta no es la Época del Aislamiento -

bromeó Miles en un tono amable y cuidadosamente respetuoso por la obsesión de Bothari. Bothari, después de todo, había tratado siempre seriamente la ridícula locura de Miles.

- Me propongo que ella tenga todo lo justo y apropiado.

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- A estas alturas, ya debes de tener ahorrado lo suficiente como para comprar a Gregor Vorbarra - dijo Miles, pensando en los cientos de pequeños ahorros que su guardaespaldas había practicado ante él, a lo largo de los años, para asegurar la dote de su hija.

- No deberías hacer bromas sobre el emperador. - Bothari desalentó firmemente, como correspondía, este fortuito intento de humor.

Miles suspiró y comenzó a tentar prudentemente su ascenso por los escalones, las piernas rígidas en sus inmovilizadores de plástico.

Los calmantes que había tomado antes de dejar la enfermería estaban empezando a perder su efecto. Se sentía indeciblemente cansado. No había dormido en toda la noche, mantenido a base de anestesia local, conversando y bromeando con el cirujano mientras éste perdía en vano el tiempo, interminablemente, juntando los minúsculos fragmentos rotos de hueso como un rompecabezas inusualmente complicado. Monté un espectáculo bastante bueno, se decía Miles queriendo tranquilizarse; pero anhelaba salir del escenario y hundirse. Sólo un par de actos más que representar.

- ¿Qué clase de hombre estás planeando comprar? - sondeó delicadamente Miles en una pausa de su subida.

- Un oficial - respondió firmemente Bothari.

La sonrisa de Miles se retorció. ¿Con que ése es también el pináculo de tu ambición, sargento?, se preguntó para sí.

- No demasiado pronto, confío.

Bothari resopló.

- Por supuesto que no. Ella es sólo... - Hizo una pausa; las arrugas se ahondaban entre sus ojos -. El tiempo ha pasado... - se le escapó en un murmullo.

Miles venció con éxito los peldaños y entró en la Casa Vorkosigan, preparándose para hacer frente a la familia.

La primera iba a ser su madre, al parecer; no era problema. Apareció al frente de la gran escalera frente al salón, al tiempo que un sirviente abrió la puerta a Miles. Lady Vorkosigan era una mujer madura, con el fogoso rojo de su cabello apagado por el gris natural y su altura disimulando hábilmente unos pocos kilos de más. Respiraba un poco agitada; probablemente habría bajado corriendo las escaleras cuando le vieron acercarse a la casa. Intercambiaron un breve abrazo. Su mirada era seria y no condenatoria.

- ¿Está padre en casa? - preguntó Miles.

- No. Él y el ministro Quintillian están esta mañana en el cuartel general, peleando con el Estado Mayor por el presupuesto. Me pidió que te enviara su cariño y que te dijera que tratará de estar aquí para el almuerzo.

- ¿Él... todavía no le ha dicho al abuelo lo de ayer?

- No, aunque creo en verdad que deberías haberlo dejado. Esta mañana ha sido bastante embarazosa.

- Apuesto a que sí. - Miró hacia la escalera. Era algo más que sus piernas en mal estado lo que las hacía parecer una montaña. Bien, terminemos primero con lo peor -. ¿Está arriba?

- En sus aposentos. Aunque me alegra decir que, hoy por la mañana, ha estado paseando por el jardín.

- Mm. - Miles comenzó a dirigirse hacia el piso superior.

- El ascensor - dijo Bothari.

- Oh, diablos, es sólo un tramo.

- El cirujano ha dicho que debías mantenerte lejos de las escaleras tanto como sea posible.

La madre de Miles confirió a Bothari una sonrisa de aprobación que éste reconoció suavemente con un susurrado <<Milady>>. Miles se encogió de hombros gruñendo y se encaminó hacia la parte trasera de la casa.

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- Miles - dijo su madre cuando él pasaba -, no... Es muy anciano, no está demasiado bien y no ha debido ser cortés con nadie durante años; tómalo en sus propios términos, ¿de acuerdo?

- Sabes que lo hago. - Sonrió irónicamente para demostrar lo sincero que se proponía ser. Los labios de ella se curvaron en respuesta, pero su mirada seguía siendo seria.

Se encontró con Elena Bothari, quien salía del despacho del abuelo. El guardaespaldas saludó a su hija con una callada inclinación de cabeza y recibió a cambio una de las tímidas sonrisas de Elena.

Por milésima vez, Miles se preguntó cómo un hombre tan feo pudo engendrar a una hija tan hermosa. Cada uno de los rasgos de él tenía su eco en el rostro de la joven, pero ricamente transmutado. A los dieciocho años, era casi tan alta como su padre, aunque, mientras éste era delgado y tenso como la cuerda de un látigo, ella era esbelta y vibrante. La nariz de él era un pico y la de ella, un elegante perfil aquilino; demasiado angosta la cara de Bothari, la de Elena tenía el aire de un aristocrático sabueso perfectamente criado, un galgo o un borzoi. Tal vez fueran los ojos los que establecían la diferencia; los de Elena eran oscuros y brillantes, alertas, pero sin la siempre cambiante y jamás risueña vigilancia de los de su padre. O el cabello: entrecano el de él, recortado toscamente a la manera militar; largo, lacio y oscuro el de ella. Una gárgola y una santa, hechas por el mismo escultor, frente a frente en el portal de alguna catedral antigua.

Miles se sacudió de su arrobamiento. Los ojos de Elena se encontraron brevemente con los suyos y su sonrisa se desvaneció. Miles recompuso su postura alicaída y fatigada y esbozó para ella una falsa sonrisa, esperando atraer una auténtica de Elena. No demasiado pronto, sargento...

- Oh, estoy tan contenta de que hayas vuelto - le saludó Elena -. Esta mañana ha sido terrible.

- ¿Estuvo caprichoso?

- No, alegre; jugando a Strat-O conmigo y sin prestar atención. Casi le gano, ¿sabes? Ha contado sus historias de guerra y ha preguntado por ti; si hubiera tenido un mapa de la pista en la que corrías, habría estado clavando alfileres en el mapa para indicar tu imaginario progreso... No tengo que quedarme, ¿no?

- No, por supuesto que no.

Elena le dirigió una sonrisa de alivio y se alejó por el corredor, echando una mirada inquieta hacia atrás por encima del hombro.

Miles tomó aliento y atravesó el umbral del despacho del general conde Piotr Vorkosigan.

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El viejo estaba levantado, afeitado y sobriamente vestido para la ocasión. Sentado en una silla, miraba pensativamente a través de la ventana, contemplando el jardín situado detrás de la casa. Levantó la vista con desaprobación al ser interrumpido en sus meditaciones, vio que era Miles y una ancha sonrisa se le dibujó en el rostro.

- Ah, pasa, muchacho... - Hizo un gesto hacia la silla que Miles supuso que acababa de abandonar Elena. La sonrisa de viejo se tiñó de perplejidad -. Por Dios, ¿he perdido un día en algún lado? Creí que éste era el día en que estabas marchando esos cien kilómetros de acá para allá en monte Sencele.

- No señor, no ha perdido ningún día.

Miles se acomodó en la silla. Bothari puso otra delante y señaló los pie del joven. Miles comenzó a levantarlos, pero el esfuerzo fue saboteado por una punzada de dolor particularmente feroz.

- Sí... ponlo tú, sargento - consintió Miles cansadamente.

Bothari le ayudó a colocar los pies en el ángulo médicamente correcto y se retiró - estratégicamente, pensó Miles - a hacer guardia junto a la puerta. El viejo conde observó este acto; la comprensión asomó dolorosamente en su rostro.

- ¿Qué has hecho, muchacho? - suspiró.

Hagámoslo rápido y sin dolor, como una decapitación...

- Salté de una pared ayer en la carrera de obstáculos y me rompí ambas piernas. Arruiné completamente, yo solo, los exámenes físicos. Los otros..., bueno, no importan ahora.

- Así que volviste a casa.

- Así que volví a casa.

- Ah. - El viejo hizo tamborilear una sola vez sus largos dedos nudosos sobre el brazo de la silla -. Ah.

Se giró incómodamente en el asiento y apretó los labios contemplando por la ventana, sin mirar a Miles. Sus dedos tamborilearon nuevamente.

- Todo es culpa de ese maldito democratismo rastrero - estalló quejosamente -. Un montón de disparates importados de otro planeta. Tu padre no le hizo ningún favor a Barrayar al alentarlo. Tuvo una excelente oportunidad de extirparlo cuando fue regente, y la malgastó totalmente, según puedo ver... - prosiguió -. Enamorado de ideas de otro planeta, de mujeres de otro planeta - agregó para sí más lánguidamente -. Culpé a tu madre, ya lo sabes, siempre fomentando esa basura igualitaria.

- Oh, vamos - se sintió empujado a objetar Miles -. Madre es tan apolítica como se puede ser, estando cerca y siendo consciente.

- Gracias a Dios, o estaría dirigiendo Barrayar hoy en día. Jamás he visto a tu padre contrariarla todavía. Biem, bien, podría haber sido peor. - El viejo volvió a girarse, retorciéndose en el dolor de su espíritu como Miles lo hacía en el dolor de su cuerpo.

Miles descansaba en su silla, sin hacer ningún esfuerzo por defender el tema ni por defenderse a sí mismo. El conde podría discutir consigo mismo en poco tiempo, asumiendo ambas partes.

- Debemos someternos a los tiempos, supongo. Todos debemos someternos a los tiempos. Hijos de tenderos son ahora grandes soldados. Dios sabe que, en mis tiempos, no comandé a muchos. ¿Te he contado alguna vez lo de aquel camarada, cuando estábamos peleando contra los cetagandanos allá en las montañas Dendarii, detrás de Vorkosigan Surleau? El mejor teniente de guerrilla que nunca he tenido. Yo no era mucho mayot que tú, en ese entonces. Mató a más cetagandanos ese año... Su padre había sido sastre. Un sastre, en la época en que todo se cortaba y 8

se cosía a mano, encorvándose sobre cada pequeño detalle. - Soltó un suspiro por el irrecuperable pasado -. ¿Cuál eral el nombre del sujeto...?

- Tesslev - señaló Miles. Miró burlonamente sus propios pies: quizá me haga sastre, entonces, estoy preparado para ello; aunque ahora están tan obsoletos como los condes.

- Tesslev, sí, ése era. Murió horriblemente cuando atraparon a su patrulla. Un hombre valiente, un hombre valiente... - El silencio cayó entre ellos por un momento.

El viejo conde eligió una panita de la silla y la apretó.

- ¿El examen lo dirigieron con justicia? Uno nunca se sabe, en esta época; un plebeyo con un hacha que afilar en su poder...

Miles sacudió la cabeza y se apresuró a derribar esa fantasía antes de que pudiera florecer.

- Fue muy justo. Fui yo. Me confundí yo solo, no presté atención a lo que estaba haciendo. Fracasé porque no fui lo suficientemente bueno. Punto final.

El viejo retorció los labios con una malhumorada negativa. Sus manos se apretaron coléricamente y se abrieron sin esperanza.

- En otros tiempos nadie hubiera cuestionado tu derecho...

- En otros tiempos el precio de mi incompetencia hubiera sido pagado con la vida de otros hombres. Esto es más productivo, creo yo. - La voz de Miles era apagada.

- Bien... - El viejo miraba sin ver a través de la ventana -. Bien, los tiempos cambian. Barrayar ha cambiado.

Soportó todo un mundo de cambios entre la época en que yo tenía diez años y la época en que tuve veinte. Y otro entre el momento en que tuve veinte y cuarenta años. Nada era lo mismo... Y un nuevo mundo de cambios entre los cuarenta y los ochenta que tengo ahora. Esta generación débil, degenerada..., incluso sus pecados están agudos. Los viejos piratas del tiempo del tiempo de mi padre podrían habérselos comido a todos en el desayuno y digiriendo sus huesos antes del almuerzo. ¿Sabes?, seré el primer conde Vorkosigan en nueve generaciones que morirá en el lecho. - Hizo una pausa, aún fija la mirada, y susurró un poco para sí -. Dios, me he cansado de los nuevos cambios. La sola idea de aguantar otro mundo nuevo me desanima. Me desanima.

- Señor - dijo Miles con ternura.

El viejo levantó la vista rápidamente.

- No es culpa tuya, muchacho, no es culpa tuya. Fuiste atrapado por las ruedas del cambio y de la fortuna, igual que todos nosotros. Fue un puro azar que el asesino eligiera ese veneno en particular para tratar de matar a tu padre, ni siquiera apuntaba a tu madre. Te has desenvuelto bien a pesar de ello. Nosotros..., nosotros esperábamos demasiado de ti, eso e todo; que nadie diga que no lo has hecho bien.

- Gracias, señor.

El silencio se extendió de un modo insoportable. El cuarto estaba poniéndose caluroso.

A Miles le dolía la cabeza por la falta de sueño y sentía náuseas debido a la combinación del hambre y de los medicamentos. Se encaramó torpemente sobre sus pies.

- Si usted me excusa, señor...

El viejo movió una mano a manera de despedida.

- Sí, debes de tener cosas que hacer... - Hizo una pausa nuevamente y miró a Miles con curiosidad -. ¿Qué vas a hacer ahora? Es muy extraño para mí; siempre hemos sido los Vor, los guerreros, aun cuando la guerra cambió el resto de las cosas...

Parecía muy disminuido, ahí en su silla. Miles se recompuso para dar una apariencia de jovialidad.

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- Bueno, ya se sabe, siempre está la otra línea aristocrática a la que recurrir; si no puedo ser un militar gruñón seré un bufón popular. Tengo pensado ser un famoso epicúreo y amante de mujeres, siempre es más divertido que ser soldado.

El abuelo se unió a la broma.

- Sí, yo siempre he endiviado la casta; adelante con ello, muchacho. - Sonrió, pero Miles sintió que era algo tan forzado como lo suyo. De todas maneras, era mentira: <<holgazán>> significaba un insulto en el vocabulario del viejo.

Miles recogió a Bothari y realizó su propia fuga.

Miles estaba sentado, encorvado en una desmantelada silla de brazos, en un pequeño salón que daba a la calle lateral de la vieja mansión, con los pies levantados y los ojos entrecerrados. Era un cuarto privado que rara vez se usaba; una buena oportunidad para estar solo y cavilar en paz. Jamás había llegado a una interrupción tan completa, un entumecimiento absoluto y vacío, parecido al dolor. Tanta pasión gastada para nada; una vida de nada, alargándose interminablemente hacia el futuro, por culpa de una fracción de segundo de estúpida y colérica vergüenza...

Oyó el ruido de una garganta que se aclaraba detrás de él y luego una voz tímida.

- Hola Miles.

Sus ojos se abrieron parpadeando y, de pronto, se sintió poco menos que un animal herido ocultándose en su cueva.

- ¡Elena! Deduje que habías vuelto con madre anoche desde Vorkosigan Surleau. Pasa.

Ella se apoyó sobre el brazo de otra silla, cerca de él.

- Sí, ella sabe lo que me gusta ir a la capital. A veces, siento que es casi mi madre.

- Díselo. Le agradará.

- ¿Lo crees de verdad? - preguntó ella con timidez.

- Absolutamente. - Se sacudió, espabilándose. Quizás un futuro no del todo vacío...

Ella se mordió suavemente el labio inferior, sus grandes ojos absorbían el rostro de él.

- Pareces totalmente abatido.

No se desangraría delante de Elena. Desterró su negrura, mofándose de sí mismo, reclinándose efusivamente hacia atrás y sonriendo.

- Literalmente. Demasiado cierto. Me recuperaré. Tú... ya has oído todo el asunto, supongo.

- Sí. ¿Fue... todo bien con mi señor conde?

- Oh, seguro. Después de todo, soy el único nieto que tiene. Eso me da una excelente ventaja, puedo sacarle cualquier cosa.

- ¿Habló de que te cambiaras de nombre?

Miles clavó la vista.

- ¿Qué?

- Al patronímico corriente. Estuvo hablando de eso, cuando tú..., oh - Se detuvo, pero Miles comprendió el significado completo de aquella revelación a medias.

- Ah, claro, cuando me convirtiera en un oficial; ¿tenía pensado ceder finalmente y concederme mis nombres de heredero? Muy gentil por su parte, diecisiete años después del hecho. - Ahogó una profunda rabia bajo una sonrisa irónica.

- Nunca entendí qué era todo eso.

- ¿Qué? ¿Lo de mi nombre, Miles Naismith, por mi abuelo materno, en lugar de Piotr Miles por ambos? Todo se remonta al lío de mi nacimiento. Aparentemente, después de que mis padres se recuperaron del gas soltoxin y 10

descubrieron cuál iba a ser el daño en el feto (de paso, se supone que yo no sé nada de esto), el abuelo era partidario de un aborto. Tuvo una gran pelea con mis padres (bueno, con mi madre, supongo, y padre, atrapado en medio) y, cuando mi padre la respaldó a ella y le hizo frente a él, el abuelo se enojó y pidió que no se me diera su nombre. Más tarde, se serenó, cuando descubrió que yo no era und desastre total. - Sonrió afectadamente e hizo tamborilear los dedos sobre el brazo de la silla -. ¿Así que estaba pensando tragarse sus palabras? Sólo que, posiblemente, yo hubiera fracasado igual.

Pudo haberse atragantado. - Apretó los dientes con más amargura y deseó revocar su último parlamento. No tenía sentido mostrarse ante Elena más enfadado de lo que ya estaba.

- Sé lo mucho que lo preparaste, lo siento.

Fingió estar de humor.

- Ni la mitad de lo que lo siento yo. Me gustaría que hubieras pasado tú mis exámenes físicos, ¡entre ambos haríamos un oficial del demonio!

Algo de la antigua franqueza que compartían de niños escapó de pronto de los labios de ella.

- Sí, pero, por las normas de Barrayar, estoy en mayor desventaja que tú; soy mujer. Ni siquiera se me permitiría presentar la petición para hacer los exámenes.

Las cejas de él se alzaron con una mueca de acuerdo.

- Lo sé, y es absurdo. Con lo que te ha enseñado tu padre, todo lo que necesitarías es un curso de armamento pesado y podrías así arrollar a nueve de cada diez de los tipos de vi allí. Piénsalo, sargento Elena Bothari.

- Me estás tomando el pelo.

- Sólo estoy hablando como un civil a otro civil - se excusó a medias.

Ella asintió con una inclinación y de repente recordó el motivo que la había llevado allí.

- Ah, tu madre me ha enviado para que vayas a almorzar.

- Vaya. - Se incorporó con un gruñido sibilante -. He ahí un oficial al que nadie desobedece. El capitán del almirante.

Elena sonrió ante la imagen.

- Sí. Ahora, ella fue oficial de los betanos y nadie piensa que sea extraña ni la critica por querer romper las reglas.

- Al contrario, es tan extraña que nadie siquiera piensa en tratar de incluirla en las reglas. Simplemente, ella va haciendo las cosas a su antojo.

- Desearía ser betana - dijo hoscamente Elena.

- Oh, no te equivoques; ella también es extraña para las normas betanas. Aunque creo que te agradaría la Colonia Beta, algunas de sus partes - musitó.

- Nunca dejaré el planeta.

La miró suspicazmente.

- ¿Qué es lo que te deprime?

Elena se encogió de hombros.

- Oh, bien, tú conoces a mi padre. Es tan conservador... Debería haber nacido hace doscientos años. Eres la única persona que conozco que no piensa que es raro. Es un paranoico.

- Lo sé, pero es una cualidad muy útil en un guardaespaldas. Su suspicacia patológica me salvó dos veces la vida.

- Tú también deberías haber nacido hace doscientos años.

- No gracias. Me habrían matado al nacer.

11

- Bueno, está bien - admitió -. De todas maneras, esta mañana comenzó pronto a hablar de preparar mi matrimonio.

Miles se detuvo abruptamente y la miró con fijeza.

- ¿De veras? ¿Qué dijo?

- No mucho, sólo lo mencionó. Quisiera... no sé, quisiera que mi madre viviese.

- Ah. Bueno... siempre está la mía, si quieres hablar con alguien. O yo. Puedes hablar conmigo, ¿no?

Elena sonrió agradecida.

- Gracias.

Llegaron a la escalera. Ella se detuvo, él esperó.

- Nunca ha vuelto a hablarme de mi madre, ¿saes?, no lo ha hecho desde que yo tenía doce años. Solía contarme largas historias (bueno, largas para él) sobre mi madre. Me pregunto si estará empezando a olvidarla.

- Yo no pensaría eso. Le veo más que tú. Nunca ha pasado de mirar a otra mujer - dijo Miles para tranquilizarla.

Comenzaron a bajar la escalera. Sus piernas dolidas no se movían correctamente, tenía que hacer una especie de arrastre de pingüino para dar los pasos. Miró a Elena con cierto embarazo y aferró firmemente la barandilla.

- ¿No deberías usar el ascensor? - preguntó ella de pronto, viendo el inseguro desplazamiento de sus pies.

No empieces tú también a tratarme como un tullido... Miró hacia abajo la brillante espiral de la barandilla.

Me dijeron que me cuidara las piernas, no especificaron cómo... - Se encaramó en la barandilla y le dirigió a Elena una sonrisa perversa por encima de su hombro.

La cara de ella reflejó una mezcla de diversión y horror.

- ¡Miles, estás loco! Si caes de ahí te romperás todos los huesos del cuerpo...

Miles se deslizó alejándose de ella y tomando rápidamente velocidad. Ella bajó trotando tras él, mientras reía.

En la curva, se distanció. Su sonrisa murió al ver lo que le esperaba al final.

- Oh, diablos...

Iba demasiado rápido para frenar...

- Qué...

- ¡Cuidado!

Se desplomó sobre el desesperado abrazo de un hombre macizo y canoso, quien vestía uniforme de oficial.

Cuando Elena llegó, ambos se revolcaban a sus pies, sin aliento, en el mosaico de la entrada. Miles podía sentir el angustiado calor en su rostro, y sabía que estaba colorado. El hombre macizo parecía estupefacto. Un segundo oficial, un hombre alto con marcas de capitán en el cuello de su uniforme, ofreció su bastón de paseo y soltó una breve y sorprendida carcajada.

Miles se recobró, poniéndose más o menos serio.

- Buenas tardes, padre - dijo fríamente. Dio un pequeño respingo agresivo con su mentón, desafiando a cualquiera a comentar su entrada poco ortodoxa.

El almirante lord Ararl Vorkosigan, primer ministro de Barrayar al servicio del emperador Gregor Vorbarra, antiguo lord regente del mismo, alisó la chaqueta de su uniforme y aclaró su garganta.

- Buenas tardes, hijo. - Sólo sus ojos reían -. Yo... estoy feliz de ver que tus heridas no fueron demasiado graves.

Miles se encogió de hombros, secretamente aliviado de no tener que hacer más comentarios sarcásticos en público.

- Lo normal.

12

- Excúsame un momento. Ah, buenas tardes, Elena. Koudelka, ¿qué pensó usted de esos cálculos de costo de buques del almirante Hessman?

- Creo que pasaron terriblemente rápido - contestó el capitán.

- ¿También usted pensó eso, eh?

- ¿Cree que está ocultando algo en ellos?

- Tal vez, pero ¿qué? ¿El presupuesto de su partido? ¿El contratista es su cuñado? ¿O está enfangado en una desviación? ¿Malversación o mera ineficiencia? Pondré a Illyan tras la primera posibilidad; quiero que usted se encargue de la segunda. Presione con esos números.

- Van a chillar, ya estuvieron chillado hoy.

- No lo crea. Yo solía hacer esas propuestas cuando estaba en el Estado Mayor. Sé cuánta basura cabe ahí.

Ellos no hacen daño realmente hasta que sus voces suben por lo menos dos octavas.

Es capitán Koudelka sonrió e hizo una ligera reverencia con la cabeza a Miles y a Elena, un saludo muy superficial, antes de irse.

Miles y su padre se miraron el uno al otro y ninguno quería ser el primero en abordar el tema que había entre ellos. Como por un mutuo acuerdo, lord Vorkosigan dijo solamente:

- Bueno, ¿llego tarde al almuerzo?

- Acaban de avisar, señor.

- Vamos, entonces... - Hizo un pequeño gesto abortado de ofrecer el brazo para ayudar a su hijo, pero unió las manos por detrás de la espalda, con mucho tacto. Caminaron jntos, lentamente.

Miles yacía rígido en la cama, vestido aún con la ropa del día, sus piernas correctamente estiradas frente a él.

Las miró disgustado. Provincias rebeldes, tropas amotinadas, saboteadores traidores... Debería levantarse una vez más y lavarse y ponerse la ropa de noche, pero el esfuerzo requerido parecía heroico. Él no era un héroe. Se acordó de aquel sujeto, de quien le había hablado su abuelo que, en la carga de caballería, disparó accidentalmente a su propio caballo en el que montaba; pidió otro, y volvió a hacerlo.

Así que sus propias palabras, al parecer, habían puesto al sargento Bothari a pensar justo en el sentido que Miles menos deseaba.

La imagen de Elena apareció en su imaginación: el delicado perfil aquilino, los grandes ojos oscuro, la fría longitud de la pierna, la cálida llama de la cadera; parecía, pensó, una condesa en un drama. Si sólo pudiera escogerla para ese papel en la realidad... ¡Pero semejante conde!

Un aristócrata en una obra de teatro, seguramente. Los deformes eran escogidos invariablemente como villanos en el teatro de Barrayar. Si él no podía ser un soldado, quizá tuviera futuro como villano.

- Raptaré a la muchacha - susurró, bajando experimentalmente la voz en una octava - y la encerraré en mi mazmorra.

Su voz volvió a su tono normal con un suspiro de pesar.

- Sólo que no tengo mazmorra. Tendría que ser en el armario. El abuelo tiene razón, somos una generación disminuida. De todas maneras, acaban de alquilar a un héroe para rescatarla, una especie de gran trozo de carne; Kostolitz, quizás. Y ya se sabe cómo resultan siempre esos duelos...

Se levantó y comenzó a representar una pantomima por el cuarto: las espadas de Kostolitz contra, digamos, el lucero del alba de Miles. Un lucero parecía un arma apropiada para un villano, daba un aire de auténtica autoridad al concepto de espacio personal propio. Apuñalado, moría en brazos de Elena, mientras ella se desmayaba de dolor; no, estaría en brazos de Kostolitz, celebrándolo.

13

La mirada de Miles recayó en un antiguo espejo, enmarcado en madera labrada.

- Enano saltarín - gruñó.

Tuvo un súbito deseo de destrozarlo con los puños desnudos, hacer añicos el vidrio y desangrarse, pero el ruido atraería al guardia del pasillo y a montones de parientes, y peticiones de explicación. Quitó de un tirón el espejo para ver en su lugar la pared y se tumbó en la cama.

Nuevamente recostado, consideró más seriamente el problema. Trató de imaginarse a sí mismo, correcta y adecuadamente, pidiendo a su padre que fuera su mediador ante el sargento Bothari. Aterrador. Suspiró y se retorció en vano buscando una posición más cómoda. Sólo diecisiete años, demasiado joven para casarse incluso para las normas de Barrayar, y totalmente desempleado ahora. Probablemente, le llevaría años alcanzar una posición lo suficientemente independiente para ofertar por Elena sin el respaldo de sus padres. Y, seguramente, a ella se la llevarían mucho antes de eso.

Y Elena misma... ¿Qué habría para ella en todo eso? ¿Qué placer? ¿Ser totalmente escalada por un hombrecillo retorcido, desagradable? ¿Ser mirada en público, en un mundo donde la costumbre nativa y la medicina importada se combinaban cruelmente para eliminar incluso la más leve deformidad física? ¿Mirada doblemente, además, por el ridículo contraste? ¿Podían compensar todo esto los dudosos privilegios de un orden obsoleto, más vacío de significado con cada año que pasaba? Un orden, él lo sabía, carente por completo de sentido fuera de Barrayar; en dieciocho años de residencia aquí, su propia madre jamás había llegado a considerar el sistema Vor como otra cosa que una inmensa alucinación de las masas.

Hubo un doble golpear en su puerta. Autoritariamente firme, cortésmente breve. Miles sonrió con ironía, suspiró y se sentó.

- Entra, padre.

Lord Vorkosigan asomó la cabeza por el marco labrado de la puerta.

- ¿Todavía vestido? Es tarde, deberías estar descansando un poco.

En cierto modo incoherentemente, entró y se acomodó a horcajadas en la silla del escritorio, apoyando confortablemente sus brazos en el respaldo. También él estaba vestido todavía con el uniforme que usaba todos los días en su trabajo, observó Miles. Ahora que era sólo el primer ministro y no el regente - y ya no era, por lo tanto, el comandante titular de las fuerzas armadas -, Miles se preguntaba si el viejo uniforme de almirante era aún adecuado. ¿O

simplemente se le había adherido?

- Yo, esto... - comenzó su padre, e hizo una pausa. Se aclaró con delicadeza la garganta -. Me estaba preguntando cuál era tu idea ahora, sobre tus próximos pasos. Tus planes alternativos.

Los labios de Miles se contrajeron y el joven hizo un gesto con los hombros.

- Nunca hubo un plan alternativo, yo esperaba lograrlo, iluso de mí.

Lord Vorkosigan ladeó la cabeza como negando las cosas.

- Si es algún consuelo, estuviste muy cerca. Hoy hablé con el comandante de la oficina de selección. ¿Quieres saber tu calificación en los escritos?

- Creí que nunca entregaban eso, sólo una lista alfabética: dentro o fuera.

Lord Vorkosigan extendió su mano, ofreciendo las calificaciones. Miles sacudió la cabeza.

- Déjalo, no importa. Estaba perdido desde el principio, sólo que fui demasiado terco para admitirlo.

- No es así. Todos sabíamos que sería difícil, pero yo jamás hubiera permitido que pusieras tanto esfuerzo en algo que creyera imposible.

- Debo de haber heredado la tozudez de ti.

Intercambiaron una breve e irónica reverencia.

14

- Bueno, sí, no podrías haberla heredado de tu madre - admitió lord Vorkosigan.

- ¿No está... desilusionada?

- Difícilmente, ya conoces su falta de entusiasmo por lo militar. Asesinos a sueldo, nos llamó una vez; casi lo primero que me dijo. - Parecía recordar con cariño.

Miles sonrió a pesar de sí mismo.

- ¿Te dijo eso realmente?

Lord Vorkosigan sonrió a su vez.

- Oh, sí, pero se casó conmigo de todas formas, así que quizás no lo decía de verdad. - Se puso más serio -. Es verdad, sin embargo. Si yo tenía alguna duda sobre tus posibilidades como oficial - Miles se puso rígido en su interior -, era quizás en esa área. Matar a un hombre ayuda si primero puedes apartar su rostro. Un hábil truco mental, fácil para un soldado. No estoy seguro de que tengas la estrechez de visión requerida, no puedes evitar ver a tu alrededor; eres como tu madre, siempre tienes esa claridad de visión en tu cabeza.

- Nunca le tuve por estrecho, señor.

- Ah, es que perdí la maña, por eso entré en la política. - Lord Vorkosigan sonrió, pero la sonrisa se desvaneció

-. A tus expensas, me temo.

La observación activó un doloroso recuerdo.

- Señor - preguntó Miles dubitativamente -, ¿es por eso que jamás se esforzó por alcanzar el Imperio como todo el mundo esperaba? Porque el heredero era... - Un gesto vago referido a su cuerpo implicaba tácitamente el término prohibido, <<deforme>>.

Las cejas de lord Vorkosigan se juntaron. Su voz cayó repentinamente hasta casi ser un susurro, lo que sobresaltó a Miles.

- ¿Quién ha dicho eso?

- Nadie - respondió nerviosamente Miles.

Su padre se levantó de golpe de la silla y se paseó enojado por todo el cuarto.

- Nunca permitas a nadie decir eso - susurró -, es un insulto para el honor de ambos. Le di mi juramento a Ezar Vorbarra en su lecho de muerte de servir a su nieto, y eso es lo que he hecho. Punto. Fin de la discusión.

Miles sonrió apaciguadoramente.

- No estaba discutiendo.

Lord Vorkosigan miró alrededor y dejó escapar una breve risa.

- Perdona, pusiste el dedo en la llaga. No es culpa tuya. - Volvió a sentarse, nuevamente controlado -. Tú sabes lo que pienso del Imperio. El regalo de bautismo de la bruja, maldito. Trata de decírselo a ellos, sin embargo... -

Sacudió la cabeza.

- Gregor seguramente no puede sospechar que alientes ambición. Has hecho más que nadie por él: durante la pretensión de Vordarian, la Tercera Guerra Cetagandana, la rebelión de Komarr... Hoy ni siquiera estaría aquí.

Lord Vorkosigan hizo una mueca.

- Gregor está en un estado mental más bien sensible en este momento. Acaba de llegar al poder pleno, y puedo jurar que es un verdadero poder, y está ansioso por probar sus límites, después de dieciséis años de ser gobernado por lo que él en privado llama <<los viejos excéntricos>>. No tengo deseos de erigirme en blanco suyo.

- Oh, vamos, Gregor no es tan desleal.

- Ciertamente que no, pero está bajo muchas presiones nuevas, de las que ya no puedo protegerle. - Se interrumpió con un ademán de cerrar el puño -. Precisamente, planes alternativos. Lo que nos lleva, espero, nuevamente a la pregunta original.

15

Miles se restregó el rostro cansadamente, presionando sus ojos con los dedos.

- No sé, señor.

- Podrías pedirle a Gregor una orden imperial - dijo lord Vorkosigan con un tono neutro.

- ¿Qué? ¿Empujarme a la fuerza al servicio? ¿Por el tipo de favoritismo político con el que has estado en desacuerdo toda tu vida? - Miles suspiró -. Si debía ingresar de esa manera, tendría que haberlo hecho de entrada, antes de fallar en los exámenes. Ahora, no. No.

- Pero tienes demasiado talento y energía para malgastarlos en el ocio - insistió encarecidamente lord Vorkosigan -. Hay otras formas de servicio. Quería darte una o dos ideas, sólo para que lo pienses.

- Adelante.

- Oficial o no, algún día serás conde Vorkosigan. - Alzó una mano al tiempo que Miles abría su boca para objetar -. Algún día. Inevitablemente ocuparás un lugar en el gobierno, siempre que no haya una revolución u otra catástrofe social. Representarás nuestro ancestral distrito; un distrito que, francamente, ha sido vergonzosamente descuidado. La reciente enfermedad de tu abuelo no es la única razón. He estado ocupado por los apremios de otro trabajo y, antes de eso, ambos nos dedicamos a la carrera militar.

Cuéntamelo a mí, pensó Miles penosamente.

- El resultado final es que hay mucho trabajo que hacer aquí. Ahora bien, con un poco de entrenamiento legal...

- ¿Abogado? - dijo Miles, espantado -. ¿Quieres que sea abogado? Eso es tan malo como ser sastre...

- ¿Cómo? - preguntó lord Vorkosigan, sin entender la relación.

- No importa. Algo que dijo el abuelo.

- En realidad, no había pensado mencionarle la idea a tu abuelo. - Lord Vorkosigan se aclaró la garganta -. Pero con un poco de conocimiento de las leyes del gobierno, pensé que podrías representar a tu abuelo en el distrito. El gobierno jamás fue todo guerra, ni siquiera en la Época del Aislamiento, ya lo sabes.

Suena como si lo hubieras estado pensando durante mucho tiempo, pensó Miles resentido. ¿Creíste realmente alguna vez que podría alcanzar la calificación, padre? Miró a lord Vorkosigan más dudosamente aún.

- ¿Hay algo que no esté diciéndome, señor. Sobre su... salud, o algo?

- Oh, no - le aseguró lord Vorkosigan -. Aunque en mi clase de trabajo uno nunca sabe qué pasa de un día para otro.

Me pregunto, pensó cautamente Miles, que más está pasando entre mi padre y Gregor. Tengo la incómoda sensación de estar enterándome del diez por ciento de la verdadera historia...

Lord Vorkosigan resopló y sonrió.

- Bien. Estoy impidiendo tu descanso, que a estas alturas necesitas. - Se levantó.

- No tengo sueño, señor.

- ¿Quieres que te consiga algo que te ayude...? - Lord Vorkosigan ofreció con cautelosa ternura.

- No, tengo algunos calmantes que me dieron en la enfermería. Dos de ellos y estaré nadando a cámara lenta. -

Miles hizo con las manos una imitación de patas de rana y puso los ojos en blanco.

Lord Vorkosigan saludó y se retiró.

Miles se recostó y trató de recapturar a Elena en su imaginación, pero el frío soplo de realidad política que entró con su padre marchitó sus fantasías, como la escarcha fuera de estación. Se incorporó y fue hasta el cuarto de baño arrastrando los pies para buscar una dosis de la medicina de cámara lenta.

Dos píldoras y un trago de agua. Todas ellas - susurraba algo en el fondo de su mente - y podrías llegar a la pausa total... Colocó nuevamente el frasco casi lleno en el estante, con un golpe.

Desde el espejo del baño, sus ojos le devolvieron un mudo centelleo.

16

- El abuelo tiene razón; el único modo de hundirse es peleando.

Volvió a la cama para revivir su momento de error en la pared, en un circuito interminable, hasta que el sueño le libró de sí mismo.

17

3

Miles fue despertado en una luz gris opaca por un sirviente que, con temor, le llamaba tocándole el hombro.

- ¿Lord Vorkosigan? ¿Lord Vorkosigan? - murmuraba el hombre.

Miles espió entreabriendo los ojos; sintiéndose pesado por el sueño, como si se moviera bajo el agua. ¿Qué hora era, y por qué estaba ese idiota llamándole erróneamente por el título de su padre? ¿Era nuevo el sirviente? No...

Una fría consciencia le bañó y se le hizo un nudo en el estómago, a medida que el significado completo de las palabras del hombre le penetraba. Se sentó; su cabeza nadaba, su corazón se hundía.

- ¿Qué?

- El... v... vuestro padre pide que se vista y le vea abajo inmediatamente. - El hablar trastabillado del hombre confirmó su temor.

Faltaba una hora para el alba. Las lámparas amarillas formaban pequeños charcos cálidos en la biblioteca cuando Miles entró. Las ventanas eran rectángulos transparentes de un frío gris azulado, balanceadas en la cúspide de la noche, sin transmitir la luz del exterior ni reflejar la luz de la sala. Su padre estaba de pie, semivestido con los pantalones de su uniforme, camisa y pantuflas, hablando en tono grave con dos hombres; su médico personal y un asistente vestido con el uniforme de la Residencia Imperial. Su padre, ¿el conde Vorkosigan?, le miró a los ojos.

- ¿El abuelo, señor? - preguntó quedamente Miles.

El nuevo conde asintió con la cabeza.

- Muy tranquilamente, mientras dormía, hace unas dos horas. No sufrió, creo.

La voz de su padre era clara y baja, sin temblor, pero su cara parecía más marcada que de costumbre, casi arrugada. Endurecido, sin expresión: el comandante resuelto. Situación bajo control. Únicamente sus ojos, y sólo de vez en cuando, en un desliz aal pasar, conservaban la mirada de un niño herido y desorientado. Los ojos asustaban a Miles mucho más que la boca austera.

La propia visión de Miles se empañó, y se secó con la mano las necias lágrimas de sus ojos, en un arrebato brusco y furioso.

- Maldita sea - dijo, ahogándose en un sollozo. Nunca se había sentido tan pequeño.

Su padre se dirigió a él, indeciso.

- Yo... - empezó a decir -. Estuvo pendiendo de un hilo durante tres meses, tú lo sabes...

Y yo corté ese hilo ayer, pensó Miles con tristeza. Lo siento... Pero dijo solamente:

- Sí, señor.

El funeral del viejo héroe fue casi un acontecimiento nacional. Tres días de panoplia y pantomima, pensó cansado Miles: ¿para qué todo eso? La ropa apropiada se confeccionó apresuradamente en un adecuado negro sombrío.

La Casa Vorkosigan se convirtió en una caótica plataforma de espera para incursiones en representaciones teatrales públicas preestablecidas. La ceremonia, en el Castillo Vorhartung, donde se reunió el Consejo de Condes. Los elogios.

La procesión, que fue casi un desfile, gracias al préstamo, hecho por Gregor Vorbarra, de una banda militar de uniforme y de un contingente de la puramente dcorativa caballería. El entierro.

Miles había pensado que su abuelo era el último de su generación. No tanto, parecía, viendo el atroz grupo de ancianos rechinando martinetes y sus mujeres marchitas, de negro, como cuervos aleteando, que venían arrastrándose desde las maderas labradas entre las que habían estado ocultos. Miles, austeramente cortés, soportaba sus miradas emocionadas y compasivas cuando era presentado como el nieto de Piotr Vorkosigan, así como sus recuerdos 18

interminables de personas de las que nunca había oído hablar, que habían muerto antes de que él naciera, y de quienes, esperaba sinceramente, no volvería a oír jamás.

Incluso después de haber sido aplastada la última palada de tierra, la cosa no había terminado. Esa tarde y esa noche, la Casa Vorkosigan fue invadida por una horda de amigos, conocidos, militares, hombres públicos, sus esposas, los corteses, los curiosos y más parientes de los que le importaban. Uno no podría llamarlos personas que le desearan buenos augurios, reflexionó.

El conde y la condesa Vorkosigan estaban atrapados escaleras abajo. El deber social fue siempre, para su padre, un yugo asociado al deber político, por lo que era doblemente irremediable. Pero cuando su primo Ivan Vorpatril llegó a remolque de su madre, lady Vorpatril, Miles resolvió escapar al único reducto no ocupado por fuerzas enemigas.

Ivan había aprobado sus exámenes como aspirante, según había oído Miles; no creyó poder tolerar los detalles. Arrancó un par de vistosos retoños al pasar frente a una ofrenda floral y subió en el ascensor hasta el útimo piso, a refugiarse.

Miles golpeó la puerta labrada.

- ¿Quién es? - sonó débilmente la voz de Elena. Probó el picaporte esmaltado, vio que la puerta estaba sin llave y asomó una mano ondeando las flores por la puerta. La voz de ella agregó -: Oh, pasa, Miles.

Entró, delgado y de negro, y sonrió indeciso. Elena estaba sentada en una silla antigua, junto a la ventana.

- ¿Cómo sabías que era yo? - preguntó Miles.

- Bueno, o eras tú o... nadie me trae flores de rodillas. - Miró un momento al picaporte, revelando inconscientemente la escala de altura que había empleado para su deducción.

Miles cayó rápidamente de rodillas y marchó así por la alfombra para presentarle su obsequio con un ademán teatral.

- Voilà! - gritó, provocándole una risa inesperada. Sus piernas protestaron por este abuso, produciéndole un calambre doloroso -. Ah... - Se aclaró la voz y agregó en un tono mucho más bajo -: ¿Crees que podrás ayudarme? Estas malditas muletas...

- Oh, querido. - Elena le ayudó a llegar hasta la cama, le hizo estirar las piernas y volvió a su silla.

Miles miró el pequeño dormitorio.

- ¿Este cuchitril es lo mejor que podemos ofrecerte?

- A mí me agrada. Me gusta la ventana a la calle, es más grande que el cuarto de mi padre - le aseguró ella.

Luego olió las flores, un tanto rancias. Miles se lamentó de inmediato por no haber escogido otras más perfumadas.

Elena le miró de repente con suspicacia -. Miles, ¿dónde las conseguiste?

Se sonrojó un poco, sintiéndose culpable.

- Las tomé prestadas del abuelo. Créeme, nunca lo notarán. Ahí abajo hay una selva.

Elena sacudió la cabeza como sin esperanza.

- Eres incorregible. - Pero sonrió.

- ¿No te importa? - preguntó ansioso Miles -. Pensé que te darían más placer a ti que a él, a estas alturas.

- ¡Con tal que nadie piense que yo misma las robé!

- Mándamelos a mí - dijo Miles con cierta pompa. Ella miraba ahora la delicada estructura de las flores de un modo más sombrío -. ¿Qué estás pensando? ¿Cosas tristes?

- Sinceramente, mi cara bien podría ser una ventana.

- En absoluto. Tu cara es más como..., como el agua. Toda reflejos y luces cambiantes; nunca sé qué se oculta en lo más profundo. - Al final de la frase bajó la voz, para indicar el misterio de las profundidades.

Elena sonrió burlonamente y luego se puso más seria.

- Sólo pensaba que... nunca puse flores en la tumba de mi madre.

19

Él se iluminó ante la perspectiva de un proyecto.

- ¿Quieres hacerlo? Podríamos ir y cargar una o dos carretillas, nadie lo notaría.

- ¡Por cierto que no! - respondió indignada -. Eso está bastante mal por tu parte. - Miró las flores a la luz de la ventana, una luz plateada por lass nubes heladas de otoño -. De todas maneras, no sé dónde está.

- Qué extraño. Con la fijación que el sargento tiene con tun madre, hubiera pensado que es de los que hacen peregrinajes; aunque quizá no le guste recordar su muerte.

- Tienes razón en eso. Una vez le pedí que me llevara a ver dónde estaba enterrada y demás, y fue como hablarle a un muro. Sabes cómo puede llegar a ser.

- Sí, muy como un muro; particularmente cuando se trata de una persona. - Un destello de maquinación le iluminó la mirada -. Tal vez sea un sentimiento de culpa. Tal vez tu madre fue una de esas mujeres que muere en el parto... Murió en la época en que tú naciste, ¿no?

- Me dijo que fue un accidente de aviación.

- Ah.

- Pero, en otra ocasión dijo que se había ahogado.

- ¿Eh? - El destello se convirtió en una intensa llama -. Si el vehículo se hubiera caído en un río o algo parecido, ambas cosas podrían ser ciertas. O si él lo hundió...

Elena se estremeció. Miles se dio cuenta y se censuró a sí mismo en su interior por ser necio e insensible.

- Lo lamento, no quise decir eso... estoy de un humoer terrible hoy, me temo - se disculpó -. Es este maldito luto. - Aleteó con los codos imitando un ave de carroña.

Se quedó un momento callado, ensimismado, meditando sobre las ceremonias fúnebres. Elena le acompañó en silencio, mirando melancólicamente el gentío sombríamente reluciente de la clase alta de Barrayar, entrando y saliendo de la mansión, cuatro pisos debajo de su ventana.

- ¡Podríamos resolverlo! - dijo Miles de repente, sacándola de su ensoñación.

- ¿Qué?

- Averiguar el lugar donde está enterrada tu madre. Y ni siquiera tendríamos que preguntárselo a nadie.

- ¿Cómo?

Miles sonrió, incorporándose de golpe.

- No voy a decírtelo. Estarías temblando como aquella vez que fuimos a explorar cavernas allá en Vorkosigan Surleau y descubrimos aquel viejo arsenal guerrillero. No volverás a tener la oportunidad de manejar uno de esos tanques nuevamente.

Elena se mostró desconfiada. Aparentemente, su recuerdo del incidente era vívido y tremendo, aun cuando había evitado quedar atrapada en el derrumbre. Pero le siguió.

Entraron cautelosamente en la oscura biblioteca. Miles se detuvo y tomó del brazo al guardia de servicio, alejándole un poco. Con una afectada sonrisa, bajó confidencialmente la voz para decirle:

- Supongo que podría golpear la puerta si viene alguien, ¿no cabo? No quisiéramos ninguna... interrupción por sorpresa.

El guardia de servicio devolvió una sonrisa de entendimiento.

- Por supuesto, lord, mi... lord Vorkosigan. - Miró a Elena con fría especulación, enarcando una ceja.

- ¡Miles! - susurró furiosa Elena cuando la puerta se cerró, sofocando el continuo murmullo de voces, el tintineo de vasos y cubiertos, las suaves pisadas que llegaban de los cuartos vecinos por el velatorio de Piotr Vorkosigan

-, ¿te das cuenta realmente de lo que va a pensar?

20

- El mal a quien piensa mal - contestó alegremente Miles -. Con tal que no piense en esto... - Palmeó la cubierta del ordenador de comunicaciones, con sus enlaces de doble cable a la Residencia Imperial y a los cuarteles generales de los distintos ejércitos, que estaba incongruentemente delante de la chimenea de mármol labrado. Elena abrió la boca asombrada al ver descorrerse la cubierta. Unas cuantas pasadas de manos de Miles dieron vida a la pantalla holográfica.

- ¡Creí que era máxima seguridad! - dijo Elena.

- Lo es. Pero el capitán Koudelka estuvo dándome un poco de instrucción al respecto, antes, cuando yo estaba... - una sonrisa amarga, el puño crispado - estudiando. Solía intervenir los ordenadores de guerra, los reales, en el cuartel general, y me ejercitaba con programas de simulación. Tal vez no se acordó de desprogramarme... - Estaba semiabsorto, introduciendo un desfile de complejas órdenes.

- ¿Qué estás haciendo? - preguntó nerviosamente Elena.

- Introduzco el código de acceso del capitán Koudelka, para obtener informes militares.

- ¡Por Dios, Miles!

- No te preocupes. Estamos aquí besuqueándonos, ¿recuerdas? Probablemente no venga nadie aquí esta noche, salvo el capitán Koudelka, y eso a él no le importará. No podemos fallar. Creo que empezaré por el registro del Servicio de tu padre. Ah, ahí... - La pantalla holográfica formó una proyección plana y comenzó a exhibir resgistros escritos -.

Seguro que habrá algo sobre tu madre, que podremos usar para desvelar - hizo una pausa y se reclinó hacia atrás enigmático - el misterio... - Hizo desfilar varias pantallas.

- ¿Qué? - preguntó inquieta Elena.

- Creo que voy a espiar por la época en que naciste; me parece que tu padre abandonó el Servicio justo antes,

¿no?

- Es verdad.

- ¿Alguna vez te dijo que le dieron la baja médica contra su voluntad?

- No... - dijo ella, mirando por encima del hombro de Miles -. Es extraño, no dice por qué.

- Te diré qué es más extraño. Casi todo su registro del año anterior está sellado. Tu época. Y el código es muy reciente. No puedo descifrarlo sin realizar una doble verificación, lo que terminaría... Sí, es la marca personal del capitán Illyan. Decididamente, no quiero hablar con él. - Se estremeció ante la idea de llamar accidentalmente la atención del Jefe de Seguridad Imperial de Barrayar.

- Decididamente - repitió Elena, mirándole fascinada.

- Bien, pues, viajaremos un poco por el tiempo - dijo Miles -. Atrás, atrás... Tu padre no parece haberse llevado muy bien con este comodoro Vorrutyer.

Elena preguntó con interés:

- ¿Es el mismo almirante Vorrutyer al que mataron en Escobar?

- Hmm... Sí, Ges Vorrutyer, hmm...

Bothari había estado al servicio del comodoro durante varios años, al parecer. Miles estaba soprendido. Había tenido la vaga impresión de que Bothari había servido a su padre como combatiente de infantería desde el comienzo de los tiempos. El servicio de Bothari con Vorrutyer terminaba en una constelación de reprimendas, malas calificaciones, llamadas disciplinarias e informes médicos sellados. Miles, consciente de que Elena espiaba por encime de su hombro, pasó rápidamente esto último. Extrañamente incoherente. Algunas faltas, llamativamente menores, estaban marcadas con castigos feroces. Otras, asombrosamente serias - ¿realmente Bothari había mantenido dieciséis horas en un lavabo a un ingeniero técnico y, por Dios, por qué? - se perdían entre informes médicos y no resultaban en sanción alguna.

21

Yendo más atrás en el pasado, el registro se afianzaba. Un montón de combates en su juventud.

Recomendaciones, menciones por heridas honrosas, más recomendaciones. Notas excelentes en el entrenamiebto básico. Informes del reclutamiento.

- El reclutamiento era mucho más sencillo en esos días - dijo Miles con envidia.

- Oh, ¿están ahí mis abuelos? - preguntó ansiosa Elena -. Tampoco me habla nunca de ellos. Deduzco que su madre murió cuando él era niño, jamás me dijo siquiera su nombre.

- Marusia - respondió Miles mirando la pantalla. Una borrosa fotocopia.

- Es bonito - opinó Elena complacida -. ¿Y el de su padre?

Diablos, pensó Miles. La fotocopia no estaba tan borrosa como para no ver el grosero <<desconocido>>, escrito en cursiva por la mano de algún olvidado oficinista. Miles se dio cuenta al fin de por qué un determinado insulto parecía metérsele a Bothari debajo de la piel, mientra dejaba resbalar cualquier otro, pacientemente desdeñoso.

- Quizás yo pueda distinguirlo - dijo Elena, malinterpretando la demora.

La pantalla se blanqueó de inmediato, a una maniobra de Miles.

- Konstantine - declaró sin vacilar -, igual que él. Pero sus padres estaban muertos para cuando entró en el Servicio.

- Konstantine Bothari, junior, hmm.

Miles miró la pantalla y reprimió un grito de frustración. Otra maldita cuña social artificial metida entre Elena y él. Un padre bastardo estaba tan lejos de ser lo <<justo y apropiado>> para una joven virgen barrayana como cualquier otra cosa que pudiera ocurrírsele.

Y, obviamente, no era un secreto, su padre debía de saberlo, y quién sabe cuántas personas más también. Era igualmente obvio que Elena no lo sabía. Estaba legítimamente orgullosa de su padre, de su servicio de elite, de su puesto de alta confianza. Miles sabía cuán dolorosamente se esforzaba a ella a veces para obtener una expresión aprobadora por parte de aquella vieja piedra labrada. Qué extraño darse cuenta de que ese dolor podía quizás unir sus caminos; ¿temía entonces Bothari la pérdida de esa admiración apenas confesada? Bien, pues, el secreto a medias del sargento estaba a salvo con él.

En rápido avance, pasó por la vida de Bothari.

- Aún no hay signos de tu madre - le dijo a Elena -. Debe de estar bajo ese sello. Maldita sea, y yo que pensé que iba a ser fácil. - Miró pensativamente al vacío -. Quizás en los registros de hospitales. Muertes, nacimientos; ¿estás segura de que naciste en Vorbarr Sultana?

- Hasta donde yo sé...

Varios minutos de tediosa búsqueda produjeron informes de un buen número de Botharis, ninguno relacionado en absoluto con el sargento o con Elena.

- ¡Ajá! - estalló de repente Miles -. Ya sé lo que no he intentado, ¡el Hospital Imperial!

- Ahí no tienen departamento de obstetricia - dijo Elena, poniendo en duda la idea.

- Pero si un accidente, la esposa de un soldado y todo eso, fue lo que pasó, tal vez fue llevada de urgencia adonde quedara más cerca, y puede que fuera el Hospita Militar Imperial... - Canturreó sobre la máquina -. Buscando, buscando... ¿Eh?

- ¿Me encontraste? - preguntó ella, emocionada.

- No, me encontré a mí. - Una tras otra, hizo pasar pantallas de documentación -. Qué ardua tarea debió de ser sanear la investigación militar después de lo que ellos mismos produjeron. Por suerte para mí, importaron esos reproductores uterinos..., sí, ahí están... Nunca podrían haber realizado algunos de aquellos tratamientos a lo vivo, hubieran matado a mi madre. Ahí está el buen doctor Vaagen... ¡Ajá!, así que antes estaba en investigación militar.

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Tiene sentido, supongo que era su experto en venenos. Me hubiera gustado saber más de esto cuando era niño, podría haber armado alboroto para festejar dos cumpleaños; uno, cuando mi madre tuvo la cesárea y otro, cuando por fin me sacaron del reproductor.

- ¿Cuál eligieron?

- El día de la cesárea. Me alegra. Me hace sólo seis meses más joven que tú. De otro modo, serías casi un año mayor, y me han advertido acerca de las mujeres mayores...

Esta broma provocó al fin una sonrisa y Miles se tranquilizó un poco. Hizo una pausa, mirando la pantalla con un ojo semicerrado, y, luego, introdujo otra pregunta.

- Es raro - murmuró.

- ¿Qué?

- Un proyecto médico militar secreto, con mi padre como director, nada menos.

- Nunca oí que él también anduviera en investigación - dijo Elena, enormemente impresionada -. Seguro que era un experto.

- Eso es lo curioso, él era estratega de Estado Mayor. Jamás tuvo nada que ver con investigación, que yo sepa. -

Un código, ya para entonces familiar, apareció tras la siguiente pregunta -. ¡Maldita sea, otro sello! Haces una simple pregunta y obtienes una simple pared de ladrillos... Ahí está el doctor Vaagen con guantes de goma en las manos, junto a mi padre. Vaagen debió de hacer el trabajo verdadero, entonces. Eso explica lo otro. Quiero ver debajo de ese sello, maldición... - Miles silbó una melodía muda, mirando al vacío y haciendo tamborilear los dedos.

Elena empezaba a parecer desalentada.

- Estás adquiriendo ese aire de mula terca - observó con nerviosismo -. Quizá deberíamos dejar todo esto.

Realmente, ahora ya no importa.

- La marca de Illyan no está en ésta. Podría ser suficiente...

Elena se mordió el labio.

- Mira, Miles, realmente no es... - Pero Miles ya estaba lanzado -. ¿Qué estás haciendo?

- Probando uno de los viejos códigos de acceso de mi padre. Estoy bastante seguro de él, excepto por unos pocos dígitos.

Elena tragó saliva.

- ¡Bingo! - gritó Miles bajando la voz, al ver la pantalla que comenzaba a vomitar datos. Leyó ávidamente -.

¡Así que de ahí es de donde provenían esos reproductores uterinos! Los trajeron al volver de Escobar, después de que fracasara la invasión. Por Dios, los despojos de guerra. Diecisiete de ellos, cargados y funcionando. Debieron de parecer realmente alta tecnología en su momento. Me pregunto si los habremos saqueado.

Elena empalideció.

- Miles, ¿no estarían haciendo experimentos humanos o... algo como eso, no? Seguramente tu padre no lo hubiera aprobado, ¿no?

- No lo sé. El doctor Vaagen puede ser muy, hmm, obsesivo con su investigación... - El alivio aflojó su voz -.

Oh, estoy viendo lo que pasó. Mira aquí... - La pantalla holográfica comenzó a desplegar otra lista en el aire -. Todos fueron enviados al Orfanato del Servicio Imperial. Deben de haber sido niños de nuestros hombres muertos en Escobar.

La voz de Elena se puso tensa.

- ¿Niños de hombres muertos en Escobar? Pero ¿dónde están sus madres?

Se miraron el uno al otro.

Pero, si nunca hubo mujeres en el Servicio, salvo unas pocas médicas y técnicas civiles - dijo Miles.

Los largos dedos de Elena se cerraron fuertemente sobre el hombro de Miles.

23

- Mira los datos.

Volvió a proyectar la lista.

- ¡Miles!

- Sí, lo veo. - Detuvo la pantalla -. Criatura femenina entregada a la custodia del almirante Aral Vorkosigan.

No enviada al orfanato con el resto.

- ¡La fecha, Miles, es mi cumpleaños!

Miles se libró de los dedos de Elena.

- Sí, lo sé. Por favor, no me rompas el cuello.

- ¿Podría ser yo? ¿Soy yo? - Su rostro se puso tenso de esperanza y de temor.

- Yo... Son todo números, ¿ves? - dijo prudentemente Miles -. Pero hay mucha identificación médica: huellas de los pies, retina, grupo sanguíneo... Pon tu pie aquí encima.

Elena saltó a la pata coja, quitándose los zapatos y las medias. Miles la ayudó a colocar el pie derecho sobre la placa holográfica. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para reprimirse y no dejar correr una mano por ese increíble muslo sedoso que asomaba por la falda arremangada. Piel como un pétalo de orquídea. Se mordió el labio; dolor, el dolor le ayudaría a concentrarse en el pie. De todas maneras, malditos pantalones ajustados. Esperaba que ella no lo hubiera notado...

Fijó la óptica láser. Una titilante luz roja apareció unos segundos bajo el pie de Elena. Miles indicó a la máquina que comparase contornos y huellas.

- Teniendo en cuenta los cambios desde la infancia hasta la edad adulta... ¡Dios mío, Elena, eres tú! - Se felicitó a sí mismo. Si no podía ser soldado, tal vez tuviera futuro como detective...

La sombría mirada de Elena le atravesó.

- Pero ¿qué significa? - Su cara se congeló de repente -. ¿No tengo... era... soy algún tipo de clon o de invento?

- Se puso a llorar entonces y su voz temblaba -. ¿No tengo una madre? No tengo madre, y eso era todo...

El éxito de su identificación positiva se le escurrió al ver la angustia de Elena. ¡Idiota! Ahora, él convertiría a la madre soñada de Elena en una pesadilla... No, era la propia imaginación de Elena la que estaba haciendo esto.

- ¡Eh, no, por cierto que no! ¡Tengo otra idea! Obviamente, eres la hija de tu padre, y no te estoy insultando; todo esto sólo significa que a tu madre la mataron en Escobar, no aquí. Y, más aún - se incorporó para expresarlo dramáticamente -, ¡esto te convierte en la hermana que perdí hace mucho!

- ¿Eh? - dijo Elena, perpleja.

- ¡Seguro! O... de todas maneras, hay un diecisieteavo de probabilidades de que provengamos del mismo reproductor - Dio vueltas alrededor de ella, conjurando la farsa contra los terrores de la joven -. ¡Mi diecisieteava hermana gemela! ¡Debe de ser el Quinto Acto! ¡Ánimo, esto significa que en la próxima escena te casarás con el príncipe!

Elena rió por entre las lágrimas. De pronto, en la puerta sonaron golpes amenazantes. Fuera, el cabo gritó con voz innecesariamente alta:

- ¡Buenas noches, señor!

- ¡Los zapatos! ¡Mis zapatos! ¡Devuélveme las medias! - siseó Elena.

Miles le arrojó las cosas, apagó el ordenador y cerró la tapa, todo en un solo frenético y fluido movimiento. Se catapultó al sofá, tomó a Elena por la cintura y la arrastró con él. Ella rió nerviosamente y maldijo, peleando con su segundo zapato. Una lágrima marcaba todavía una huella reluciente en su mejilla.

Miles deslizó una mano por el cabello de Elena y atrajo su rostro hacia el suyo.

24

- Será mejor que esto parezca bien. No quiero que el capitán Koudelka sospeche nada. - Dudó un instante, y su sonrisa trocó en seriedad. Los labios de Elena se fundieron con los suyos.

Las luces se encendieron; ellos se separaron de un salto. Miles espió por encima del hombro de ella y, por un momento, se olvidó de cómo exhalar.

El capitán Koudelka. El sargento Bothari. Y el conde Vorkosigan.

El capitán Koudelka parecía sonrojado, con un ligero pliegue en un costado de la boca, como si se le fugara una enorme presión interna. Miró de lado a sus acompañantes y se contuvo. Es rostro pétreo del sargento era glacial. El conde estaba enfurenciendo rápidamente.

Miles descubrió por fin qué hacer con todo el aire que había retenido.

- Está bien - dijo en un tono seguro y didáctico -, ahora, después de Concédeme esa gracia, en la siguiente línea dices: Con todo mi corazón; y mucho me alegra también ver que ahora estás tan arrepentido. - Miró de lo más impertinentemente a su padre -. Buenas noches, señor. ¿Estamos ocupando su espacio? Podemos ir a ensayar a otro lado...

- Sí, vamos - dijo Elena con voz aguda, recogiendo con celeridad el pie que Miles le había proporcionado.

Dirigió una sonrisa tonta a los tres adultos, ahora que Miles había resguardado su honor. El capitán Koudelka retribuyó la sonrisa de todo corazón. El conde, de algún modo, se las arregló para sonreír a Elena y fruncir amenazadoramente el ceño a Miles al mismo tiempo. El ceño del sargento era democráticamente universal. El guardia de servicio pasó de sonreír a sofocar una carcajada cuando Miles y Elena huyeron por el corredor.

- Conque no puede fallar, ¿eh? - gruñó Elena cuando tomaron el ascensor.

Él ejecutó un pirueta en el aire, desvergonzadamente.

- Una retirada estratégica, en orden; ¿qué más puedes pedir siendo una desconocida, sin número ni clasificación? Sólo estábamos ensayando esa vieja obra. Muy cultural. ¿Quién podría objetar? Creo que soy un genio.

- Creo que eres un idiota - dijo ella furiosamente -. Mi otra media está colgando de tu hombro.

- Oh. - Giró el cuello y se quitó la prenda adherida. Se la devolvió a Elena con una débil sonrisa de disculpa -.

Supongo que eso no habrá quedado muy bien.

Elena le miró.

- Y ahora me van a echar un sermón. Considera a cada hombre que se acerca a mí como un potencial violador; probablemente ahora también me prohíba hablarte. O me envíe otra vez al campo, para siempre... - Llegaron a la puerta

-. Y, además de eso, me... me mintió acerca de mi madre.

Se refugió en su dormitorio, golpeando tan fuerte la puerta que estuvo cerca de pillar unos dedos de la mano de Miles que se estaba levantando en protesta. Éste se inclinó contra la puerta y dijo ansiosamente a través de la madera labrada:

- ¡Eso no lo sabes! Sin duda, habrá una explicación absolutamente lógica, y yo voy a encontrarla...

- ¡VETE! - fue el aullido amortiguado que recibió como respuesta.

Vagó indeciso por el pasillo unos minuto más, esperando una segunda oportunidad, pero la puerta permanecía intransigentemente cerrada y silenciosa. Después de un rato, tomó conciencia de la rígida figura del guardia de servicio del piso, al final del corredor. El hombre, cortésmente, no le miraba. El destacamento de seguridad del primer ministro estaba, después de todo, entre los más discretos, así como entre los más eficaces que había a disposición. Miles maldijo por lo bajo y, arrastrando los pies, volvió al ascensor.

25

4

Miles se cruzó con su madre en un pasillo de la planta baja.

- ¿Has visto últimamente a tu padre, querido? - preguntó la condesa Vorkosigan.

- Sí (desafortunadamente), fue a la biblioteca con el capiptán koudelka y el sargento.

- A hurtadillas por un trago - dedujo ella con una mueca - con sus viejos camaradas de tropa. Bueno, no puedo culparle; está tan cansado... Ha sido un día tétrico. Y sé que no ha estado descansando lo suficiente. - Le miró de modo penetrante -. ¿Cómo has dormido tú?

Miles se encogió de hombros.

- Bien.

- Mm. Mejor voy a buscarle antes de que tome más de un trago; el alcohol tiene la inoportuna tendencia a ponerle grosero, y acaba de llegar ese intrigante conde Vorfrozda, acompañado por el almirante Hessman. Va a tener algún problema por delante si esos dos andan juntos.

- No creo que la extrema derecha reúna mucho apoyo, con todos los viejos soldados alineados solidamente detrás de mi padre.

- Oh, Vordrozda no es derechista en el fondo; es sólo personalmente ambicioso, y montará cualquier potro que vaya en su dirección. Ha estado sudando alrededor de Gregor durante meses... - Una chispa de cólera apareció en sus ojos grises -. Lisonjas e insinuaciones, críticas indirectas y esas púas sucias que mete entre las propias dudas del muchacho; le he visto trabajar. No me gusta - dijo enfáticamente la condesa.

Miles sonrió.

- Nunca lo hubiera supuesto. Pero seguramente, no debes preocuparte por Gregor.

Siempre le había causado gracia la costumbre de su madre de referirse al emperador como si más bien fuera su niño retardado adoptado. En cierto sentido era verdad, ya que el antiguo regente había sido el tutor personal y político de Gregor mientras éste era menor.

La condesa hizo un gesto.

- Vordrozda no es el único que no dudaría en corromper al muchacho en cualquier área en la que pueda hundir sus garras: moral, política, lo que quieras; si pensara que eso va a hacerle avanzar un centímetro, y al diablo con el bienestar general de Barrayar... o de Gregor si es necesario para ello. - Miles reconoció al instante lo último como una cita del único oráculo político de su madre, su padre -. No sé por qué esta gente no puede escribir una constitución. Ley oral... ¡qué manera de procurar y manejar un poder interestelar! - Ésta era una opinión vernácula, puramente betana.

- Papá ha estado mucho tiempo en el poder - dijo Miles con tono tranquilo -; creo que habría que arrojarle un torpedo para alejarle de su función.

- Ya lo han intentado - observó la condesa Vorkosigan, volviéndose abstraída -. Me gustaría que pensara seriamente en retirarse. Hemos tenido tanta suerte - su mirada recayó melancólicamente en él - casi siempre...

También ella está cansada, pensó Miles.

- La política nunca se detiene - agregó, mirando al suelo -. Ni siquiera durante el funeral de su padre. - Se iluminó con cierta malicia -. Ni sus parientes. Si lo ves antes que yo, dile que lady Vorpatril le está buscando, eso le completará el día... No, mejor no, porque entonces no le encontraríamos más.

Miles alzó las cejas.

- ¿Qué quiere tía Vorpatril que haga por ella ahora?

- Bien, desde que lord Vorpatril murió, ella ha estado tratando de que ocupe el lugar dl padre con respecto al idiota de Ivan; lo cual está bien, hasta cierto punto. Pero hace un rato me atrapó, cuando no podía encontrar a Aral; 26

parece que quiere que Aral lleve al muchacho a un rincón y le dé una reprimenda por, eh..., rondar a las muchachas de la servidumbre, lo cual debe resultar completamente violento para ambos. Nunca entendí por qué esta gente no corta el cordón de sus chicos y los deja que descubran su propia condenación, como las personas sensatas. También podrían, por ejemplo, tratar de detener una tormenta de arena con un pañuelo... - Sealejó hacia la biblioteca, murmurando en voz baja su epíteto favorito -. ¡Barrayanos!

Fuera había caído una húmeda oscuridad, convirtiendo las ventanas en opacos espejos del tenue y amanerado jaleo de la Casa Vorkosigan. Miles miró al pasar su propia imagen: cabello oscuro, ojos grises, rostro pálido, facciones demasiado marcadas para satisfacer la estética. Y encima, un idiota.

La hora le recordó la cena, cancelada probablemente a causa de los hechos. Resolvió hacer acopio de canapés, los suficientes para soportar un estratégico retiro en su cuarto durante el resto de la velada. Se asomó por un arco del vestíbulo para asegurarse de que ninguno de los temidos miembros del equipo geriátrico anduviera por allí. El salón parecía contener sólo a gente de mediana edad, a quienes no conocía. Se acercó a una mesa y comenzó a atiborrar con comida una servilleta de fina tela.

- Evita esas cosas púrpuras - advirtió en su oído una voz afable, familiar -, creo que son una especie de algas marinas. ¿Tu madre tiene otra vez un ataque nutritivo?

Miles miró la franca, molestamente hermosa cara de su primo segundo, Ivan Vorpatril. Ivan también tenía una servilleta atiborrada. Su mirada parecía ligeramente alerta. Un bulto peculiar interrumpía las suaves líneas de la chaqueta de su nuevo y reluciente uniforme de cadete.

Miles hizo un gesto indicando el bulto y dijo en tono de asombro:

- ¿Ya te dejan llevar un arma?

- ¡Diablos, no! - Ivan abrió un poco la chaqueta, tras una mirada conspiradora a su alrededor; probablemente, por temor a lady Vorpatril -. Es una botella del vino de tu padre. La obtuve de uno de los sirvientes, antes de que la vaciara en una de esas jarras. Dime, ¿hay alguna posibilidad de que me sirvas de guía nativo hasta algún rincón apartado de este mausoleo? Los guardias de servicio no te dejan vagar solo por ahí arriba. El vino es bueno, la comida es buena, salvo esas cosas púrpuras, pero, ¡Dios mío!, la compañía de esta fiesta...

Miles asintió, de acuerdo en principio, aun cuando estaba tentado de incluir al mismo Ivan en la categoría de

<<¡Dios mío, qué compañía!>>.

Está bien - contestó -, tú busca otra botella de vino - eso bastaría para anestesiarle y volverle tolerante - y dejaré que te ocultes en mi cuarto. Ahí es donde iba a ir, de todas maneras. Te veo junto al ascensor.

Miles estiró sus piernas sobre la cama con un suspiro mientras Ivan preparaba el picnic y abría la primera botella de vino. Ivan vació un generoso tercio de la botella en cada uno de los dos vasos del baño y le alcanzó uno a su lisiado primo.

- Vi al viejo Bothari cargándote el otro día. - Ivan señaló con un gesto las piernas de Miles y tomó un refrescante trago. El abuelo hubiera tenido un ataque al ver esa cosecha tratada tan desdeñosamente, pensó Miles. Él dio un sorbo más respetuoso, a manera de libación en honor al espectro del viejo, aun cuando la mordaz afirmación del abuelo el martes anterior, al respecto de que Miles no podría distinguir una buena cosecha del agua de lavar, no estaba lejos de la verdad -. Una desgracia, aunque realmente eres el afortunado - prosiguió Ivan en tono alegre.

- ¿Eh? - masculló Miles, hincando los dientes en un canapé.

- ¡Diablos, sí! El adiestramiento empieza mañana, ¿sabes?

- Eso he oído.

27

- Tengo que presentarme en mi dormitorio a medianoche, a más tardar. Pensé que iba a pasar mi última noche de libertad festejándolo, pero me quedé aquí, en cambio. Mi madre, ya sabes. Pero mañana prestamos juramento preliminar al emperador y ¡por Dios si le voy a dejar que me trate como a un niño después de eso! - Hizo una pausa para engullir un pequeño bocadillo relleno -. Piensa en mí, mientras tú estás aquí todo arropado...

- Lo haré. - Miles dio otro sorbo, y otro.

- Sólo dos períodos de permiso en tres años - divagaba Ivan entre mordiscos -, bien podría ser un maldito prisionero. No asombra que lo llamen servicio. La servidumbre es muy parecida a esto. - Otro trago, para bajar un pastel relleno de carne -. Pero tu tiempo es todo tuyo, tú puedes hacer lo que quieras con él...

- Cada minuto - dijo Miles lentamente. Ni el emperador ni nadie requería su servicio. No podía venderlo... no podía regalarlo...

Ivan, afortunadamente, se calló unos minutos, reponiendo combustible. Después de un rato, dijo vacilante:

- No hay posibilidades de que tu padre venga aquí, ¿no?

Miles alzó la barbilla.

- ¿Qué? No tendrás miedo de él, ¿no?

Ivan refunfuñó.

- El hombre maneja a voluntad todo el Estado Mayor, por el amor de Dios. Yo sólo soy el recluta más novato del emperador. ¿No te aterra a ti?

Miles consideró seriamente la pregunta.

- No exactamente, no. No en los términos a los que te refieres.

Ivan hizo girar los ojos incrédulo.

- Realmente - agregó Miles, pensando en la recietne escena de la biblioteca -, si estás tratando de esquivarle, éste no podría ser el mejor sitio esta noche.

- ¿Eh? - Ivan jugueteó con el vino del fondo de su vaso -. Siempre tuve la sensación de que no le agrado -

añadió hoscamente.

- Oh, no le importas - dijo Miles con algo de compasión -. Al menos, no apareces en absoluto en su horizonte.

Aunque creo que fue a los catorce años cuando descubrí que Ivan no era tu segundo nombre. - Miles se interrumpió. Ese idiota-de-Ivan iba a empezar mañana una vida al servicio del Imperio. El afortunado-Miles, no. Tomó otro trago de vino y suspiró por poder dormir. Terminaron los canapés e Ivan vació la primera botella y abrió la segunda.

Hubo un autoritario golpeteo doble en la puerta. Ivan pegó un salto.

- ¡Oh, diablos!, no es él, ¿no?

- Se requiere que un oficial inferior se cuadre y salude cuando entra un oficial superior, no que se esconda debajo de la cama - dijo Miles.

- ¡No estaba pensando en esconderme debajo de la cama! - contestó Ivan, aguijoneado -. Sólo en el cuarto de baño.

- No jodas. Te garantizo que habrá tanto fuego para cubrirte que podrás retirarte totalmente inadvertido. - Miles alzó la voz -. ¡Entra!

En efecto, era el conde Vorkosigan. Clavó en su hijo una mirada fría y gris como un glaciar en un día sin sol, y comenzó sin preámbulos.

- Miles, qué hiciste para hacer llorar a esa jov... - Se interrumpió al advertir a Ivan, parado en posición de firme como un muñeco relleno. La voz del conde Vorkosigan volvió - Se interrumpió al advertir a Ivan, parado en posición de firme como un muñeco relleno. La voz del conde Vorkosigan volvió a su tono de gruñido más normal -. Oh, demonios, esperaba evitar tropezarme contigo esta noche. Imaginé que estarías emborrachándote a salvo con mi vino en algún 28

rincón...

Ivan saludó nerviosamente.

- Señor. Tío Aral. Eh... Mi, ¿mi madre habló con usted, señor?

-Si - respondió suspirando el conde Vorkosigan.

Ivan empalideció Miles notó que Ivan no advertía la diversión encubierta en los ojos de su padre; pasó pensativamente un dedo por el borde de la botella vacía.

- Ivan estuvo consolándome por mis heridas, señor.

Ivan asintió con la cabeza.

- Ya veo - respondió fríamente el conde Vorkosigan, y Miles sintió que realmente lo había hecho. La frialdad desapareció de golpe. El conde volvió a suspirar y se dirigió a Ivan en un tono de amable y retórica queja -. Llevo cincuenta anos de servicio militar y político y ¿qué soy?: un duro, utilizado para asustar muchachos y hacer que se porten bien... como Baba Yaga, que sólo se come a los niños malos. - Abrió los brazos y agregó sarcásticamente -: iBuh!, considérate castigado y vete. Anda, muchacho.

- Sí, señor. - Ivan saludó otra vez, con aspecto decididamente aliviado.

- Y deja de saludarme - dijo más cortante el conde Vorkosigan -, todavía no eres un oficial. - Pareció notar por primera vez el uniforme de Ivan -. De hecho...

- Sí, señor. No, señor. - Ivan comenzó a saludar nuevamente, se detuvo, pareció confundirse y se marchó. Los labios del conde se retorcieron.

Y yo que nunca pensé que le estaría agradecido a mi primo, pensó Miles.

- ¿Estaba diciendo, señor? - sugirió.

Le llevó un instante al conde Vorkosigan retomar el hilo, tras la diversión provista por este joven pariente.

Recomenzó, más tranquilo.

-¿Por qué estaba llorando Elena, hijo? No estarías acosándola, ¿no?

- No, señor. Sé que pudo parecerlo, pero no fue eso. Le daré mi palabra, si quiere.

- No es necesario. - El conde Vorkosigan acercó una silla -. Confío en que estarías emulando a ese idiota-de-Ivan. Pero... la filosofía sexual de tu madre tiene su sitio allá, en la Colonia Beta. Quizá también aquí, algún día; aunque me gustaría enfatizar que Elena Bothari no es un caso adecuado para experimentar.

- ¿Por qué no! - dijo Miles de repente. El conde Vorkosigan alzó las cejas -. Quiero decir – explicó rápidamente Miles -, ¿por qué debe estar tan... tan confinada? Está demasiado controlada. Ella podría ser cualquier cosa.

Es inteligente y es... bonita, y podría partirme por la mitad, ¿por qué no puede tener una educación mejor, por ejemplo!

El sargento no planea para ella ninguna educación superior, todo lo que ha ahorrado es para la dote. Y jamás la deja ir a ninguna parte. Debería salir de viaje más a menudo, demonios, lo apreciaría mil veces más que cualquier otra joven que yo conozca. - Se detuvo, casi sin aliento.

El conde Vorkosigan frunció los labios y pasó su mano pensativamente por el respaldo de la silla.

- Todo esto es muy cierto, pero Elena... significa para el sargento enormemente más de lo que tienes conciencia. Ella es un símbolo para él, un símbolo de todo lo que imagina... No sé muy bien cómo expresarlo. Es una importante fuente de orden en su vida. Y yo le debo el proteger ese orden.

- Sí, sí, justo y apropiado, lo sé - dijo Miles impacientemente -. ¡Pero no puedes deberle todo a él y nada a ella!

El conde Vorkosigan pareció confundido y recomenzó.

- Le debo mi vida a él, Miles. Y la de tu madre. En un sentido muy real, todo lo que he sido y lo que he hecho por Barrayar en los últimos dieciocho años se lo debo a él. Y le debo tu vida; por lo menos dos veces desde entonces y, por lo tanto, mi cordura... lo que quede de ella, como diría tu madre. Si él elige cobrar esa deuda, no hay fondos para 29

pagarla. - Se mordió los labios introspectivamente -. Además, y de todos modos no será perjudicial remarcar esto, preferiría mucho evitar todo tipo de escándalo en mi familia en este momento. Mis adversarios están siempre buscando algo, una palanca para moverme. Ruego que no te conviertas tú mismo en una.

¿Pero qué diablos está pasando en el gobierno esta semana?, volvió a preguntarse Miles. Nada que alguien vaya a decirme. Lord Miles Naismith Vorkosigan. Ocupación: arriesgar la seguridad. Aficiones: caerse de las paredes, desilusionar gravemente a los ancianos, hacer llorar a las muchachas... Esperaba arreglar las cosas con Elena, al menos.

Pero la única cosa que podía imaginarse capaz de aliviar los terrores que Elena concebía, sería encontrar realmente esa maldita tumba y, hasta donde podía figurarse, la misma tenia que estar en Escobar, mezclada entre los seis o siete mil muertos de guerra que allí quedaron mucho tiempo atrás.

Entre el abrir la boca y el hablar, el plan le poseyó. El resultado fue que olvidó lo que iba a decir y se quedó con la boca abierta un instante. El conde Vorkosigan levantó las cejas inquiriendo cortésmente. En su lugar, lo que Miles finalmente dijo fue:

- ¿Alguien ha oído algo de la abuela Naismith últimamente?

Los ojos del conde Vorkosigan se entornaron.

- Es curioso que la menciones. Tu madre ha estado hablando de ella con frecuencia en los últimos días.

- Tiene sentido, en estas circunstancias. Aunque la abuela es un espécimen tan saludable; todos los betanos esperan vivir hasta los 120, supongo. Creen que es uno de sus derechos civiles.

La abuela betana de Miles, a siete saltos por agujeros de gusano en el espacio y tres semanas adicionales de viaje por la ruta más directa, vía Escobar. Una línea espacial de pasajeros, convenientemente escogida, bien podría incluir una parada en Escobar. Tiempo para un poco de turismo, tiempo para un poco de investigación. Podría hacerse con la suficiente sutileza, incluso con Bothari colgado de su hombro. ¿Qué podría ser más natural, para un muchacho interesado en la historia militar, que hacer un peregrinaje a los cementerios de los soldados del emperador, tal vez haciendo una ofrenda inclusive?

- Señor - comenzó a decir -, ¿cree usted que yo podría...

Y, al mismo tiempo, el conde Vorkosigan comenzó a decir:

- Hijo, ¿te gustaría ir en representación de tu madre...?

- Perdón, señor, ¿decía usted...?

- Estaba por decir - continuó el conde - que éste podría ser un momento muy oportuno para que visites a tu abuela Naismith otra vez. Ya hace casi dos años que no vas a la Colonia Beta, ¿no? Y, si bien los betanos esperan vivir hasta los 120... bueno, uno nunca sabe.

Miles se destrabó la lengua y trató de no tambalear.

- ¡Qué gran idea! Eh..., ¿podría llevar a Elena?

Otra vez las cejas.

- ¿Qué?

Miles pegó un salto y se puso a caminar por el cuarto de aquí para allá, incapaz de mantener en silencio sus desbordantes planes. ¿Obsequiarle a Elena un viaje fuera del planeta? Por Dios, quedaría como un héroe ante sus ojos, uno de dos metros de alto, como Vorthalia el Audaz.

- Sí, seguro, ¿por qué no? Bothari vendrá conmigo de todas formas. ¿Quién podría ser un acompañante más justo y apropiado para ella que su propio padre? ¿Quién podría presentar objeción alguna?

- Bothari - dijo el conde Vorkosigan gruñendo -. No puedo imaginármelo entusiasmado ante la idea de exponer a Elena a la Colonia Beta. Después de todo, él ya conoce el lugar. Y, viniendo de ti, justo en este momento, no estoy del todo seguro que lo tome como una invitación adecuada.

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- Hm. - Pasos, media vuelta, pasos. ¡Idea! - Entonces no la invitaré.

- Ah. - El conde Vorkosigan se tranquilizó -. Es prudente, estoy seguro...

- Haré que madre la invite. ¡Veamos cómo se opone a eso!

El conde soltó una risa de asombro.

- ¡Astuto muchacho! - Su tono era de aprobación.

El corazón de Miles se animó.

- Este viaje fue idea de ella realmente, ¿no, señor? - preguntó Miles.

- Bueno... sí - admitió el conde -. Pero, de hecho, estoy contento de que lo sugiriera. Me... tranquilizaría que estuvieses a salvo en la Colonia Beta los próximos meses. - Se levantó -. Debes disculparme, el deber me llama. Tengo que ver a ese trepador rampante de Vordrozda, para mayor gloria del Imperio. - Su expresión de disgusto estaba cargada de sentido -. Francamente, preferiría emborracharme en un rincón con ese idiota-de-Ivan, o hablar contigo. - Su padre le miró cálidamente.

- Su trabajo está primero, por supuesto, señor. Lo comprendo.

El conde Vorkosigan se detuvo y le miró otra vez, de un modo peculiar.

- Entonces no entiendes nada. Mi trabajo ha sido la ruina para ti, desde el principio. Lamento que significara tal lío para ti... - Lío el tuyo, pensó Miles. Maldita sea, dime lo qu realmente quieres decir -. Jamás me propuse que fuera así. - Inclinó la cabeza y se retiró.

Disculpándose conmigo otra vez, pensó desdichado Miles. Por mí. Sigue diciéndome que estoy bien y luego se disculpa. Incoherente, padre.

Volvió a caminar arrastrando los pies por el cuarto y su dolor estalló en palabras. Arrojó su discurso contra la sorda puerta:

- ¡Haré que te retractes de esa disculpa, maldita sea! ¡Yo estoy bien! ¡Haré que lo veas! ¡Haré que te sientas tan lleno de orgullo por mí que no habrá espacio para tu querida culpa! Lo juro por mi honor de Vorkosigan. Lo juro, padre.

- Su voz se hizo un susurro -. Abuelo. De algún modo, no sé cómo...

Dio otra vuelta por el cuarto, hundiéndose en sí mismo, frío y desesperadamente somnoliento. Un desorden de migajas, una botella de vino vacía, otra llena. Silencio.

- Hablando otra vez contigo mismo en el cuarto - susurró -. Una muy mala señal, ya sabes.

Las piernas le dolían. Agarró la segunda botella y se la llevó a la cama.

31

5

- Bueno, bueno, bueno - dijo el artero agente de aduana betano, simulando sarcásticamente alegría -, pero si es el sargento Bothari de Barrayar. ¿Y qué me trae esta vez, sargento? ¿Algunas minas nucleares antipersonales, olvidadas en el bolsillo trasero? ¿Uno o dos cañones maser, mezclados por accidente en sus enseres de afeitarse? ¿Un implosivo gravitatorio, metido por error en una bota?

El sargento respondió a la broma con algo que estaba entre un gruñido y un bufido.

Miles sonrió, al tiempo que escarbaba en su memoria para recordar el nombre del agente.

- Buenas tardes, agente Timmons. ¿Todavía en el frente? Estaba seguro de que, a estas alturas, estaría en la administración.

El agente saludó a Miles un poco más cortésmente.

- Buenas tardes, lord Vorkosigan. Bueno, el servicio civil, usted sabe... - Revisó los documentos y conectó un disco de datos en el visor -. Los permisos de sus inmovilizadores están en orden. Ahora, si son tan amables de pasar por el detector...

El sargento Bothari frunció el ceño a la máquina y resopló con desdén. Miles trató de seguirl la mirada, pero Bothari trataba estudiadamente de hallar algo de interés en el ambiente. Ante la vacilación, Miles dijo:

- Elena y yo primero, me parece.

Elena pasó tiesa, con una sonrisa insegura, como alguien que espera demasiado de una fotografía y, después, siguió mirando ansiosamente a su alrededor. Aun cuando fuera solamente un yermo puerto subterráneo de entrada, era otro planeta. Miles esperaba que Colonia Beta pudiera compensar el decepcionante fracaso de la parada en Escobar.

Dos días de buscar registros y de caminar bajo la lluvia por olvidados cementerios militares, simulando ante Bothari una pasión por los detalles históricos, no habían revelado ninguna tumba o monumento materno. Elena parecía más aliviada que decepcionada por el fracaso de aquella investigación encubierta.

- ¿Ves? - le había susurrado a Miles -. Mi padre no me mintió. Tú tienes una superimaginación.

La misma reacción desganada del sargento ante la visita reforzaba aquel argumento. Miles lo reconoció. Y, sin embargo...

Era su superimaginación, quizá. Cuanto menos escontraban, más fastidioso se ponía Miles. ¿Estarían buscando en el cementerio equivocado? La propia madre de Miles había intercambiado alianzas al volver a Barrayar con su padre; quizás el romanca de Bothari no había tenido un resultado tan próspero. Pero, si fuera así, ¿acaso deberían estar investigando en los cementerios? Tal vez debiera buscar a la madre de Elena en la guía telefónica... Ni siquiera se animó a sugerirlo.

Deseó no haber estado tan intimidado por la conspiración en torno al nacimiento de Elena, lo cual le abstuvo de sonsacarle información a la condesa Vorkosigan. Bien, cuando volvieran a casa, juntaría coraje y le preguntaría a ella la verdad y dejaría que su prudencia le guiase en lo referente a qué cosas contarle a la hija de Bothari.

De momento, Miles pasaba por el dispositivo detrás de Elena, disfrutando de verla maravillada y esperando, como un mago, sacar a Colonia Beta de un sombrero para deletite de ella.

El sargento pasó por la máquina. Sonó una brusca alarma.

El agente Timmons sacudió la cabeza y suspiró.

- Nunca se rinde, ¿no, sargento?

- Eh... ¿puedo interrumpir? - dijo Miles -. La señorita y yo estamos libres, ¿no? - Recibió un gesto afirmativo y recuperó la documentación -. Le mostraré a Elena los alrededores del puerto de lanzamiento, entonces, mientras ustedes 32

dos discuten sus... diferencias. Puede traer el equipaje cuando lo hayan revisado, sargento. Le veré en el vestíbulo principal.

- Tú no vas a... - comenzó a decir Bothari.

- Estaremos perfectamente bien - le aseguró Miles con aire ligero. Tomó a Elena del brazo y se la llevó, antes de que su guardaespaldas pudiera hacer más objeciones.

Elena miró atrás por encima de su hombro.

- ¿Realmente mi padre está tratando de pasar de contrabando un arma ilegal?

- Armas. Supongo que sí - dijo Miles en tono de excusa -. Yo no autorizo eso, y nunca funciona, pero imagino que se siente desnudo sin armamento mortal. Si los betanos son tan buenos para revisar los enseres de los demás como los son para revisar los nuestros, no tenemos nada de qué preocuparnos, realmente.

La miró, de costado, cuando entraron en el vestíbulo principal, y tuvo la satisfacción de verla contener el aliento. Una luz dorada, brillante y confortable al mismo tiempo, bajaba de una enorme bóveda sobre un gran jardín tropical, sombreado de follaje, rico en pájaros y flores, y ornamentado con el murmullo de fuentes.

- Es como entrar en un terrario gigante - dijo ella -. Me siento como un pequeño saltamontes.

- Exactamente - respondió Miles -. El Zoo de Sílica lo mantiene. Uno de sus hábitats ampliados.

Caminaron hasta un área concedida a pequeños negocios. Guiaba a Elena con sumo cuidado, tratando de escoger las cosas que podrían gustarle y evitando choques culturales catastróficos. El sex-shop, por ejemplo; probablemente fuera demasiado para su primera hora en el planeta, no importa lo atractivo que le quedaba el rosa cuando se sonrojaba. En cambio, pasaron unos minutos muy agradables en una tienda de animales de lo más extraordinaria. Su buen sentido por poco no alcanzó para evitar regalarle un incómodo obsequio: un enorme lagarto Tau Cetano, moteado y de cuello plegado, brillante como una joya, que le llamó la atención. Tenía requerimientos alimenticios bastante estrictos y, además, Miles no estaba muy seguro de que la bestia de cincuenta kilos pudiera ser educada para vivir en una casa. Pasearon por un balcón con vistas al inmenso jardín y, en su lugar, Miles compró helados para ambos. Se sentaron a tomarlos en un banco junto a la baranda.

- Todo parece tan libre aquí - dijo Elena, mientras se chupaba los dedos y miraba alrededor con ojos brillantes

-. No se ven soldados ni guardias por todas partes. Una mujer... una mujer podría ser cualquier cosa aquí.

- Depende de lo que se entienda por libre - respondió Miles -. Ellos soportan reglas que nosotros jamás toleraríamos en casa. Deberías ver a todo el mundo en fila durante un ejercicio de adiestramiento forzoso o en una alarma de tormenta de arena. No tienen margen para... no sé cómo decirlo, ¿fracasos sociales?

Elena le devolvió una sonrisa desconcertada, sin comprender.

- Pero todo el mundo decide su propio matrimonio.

- Pero, ¿sabías que tienes que pedir un permiso para tener un hijo aquí? El primero es a voluntad, pero después...

- Eso es absurdo - observó ella con aire absorto -. ¿Cómo harían para imponer eso? - Evidentemente sintió que su pregunta era bastante audaz, porque miró rápidamente a su alrededor para asegurarse de que el sargento no estuviera cerca.

Miles imitó su gesto.

- Injertos anticonceptivos permanentes, para las mujeres y los hermafroditas. Necesitas el permiso para que te lo quiten. Es la costumbre; en la pubertad... a una chica le hacen su injerto y le perforan las orejas y su... - Miles descubrió que tampoco él era inmune al rubor; cotinuó apresurado -, su himen, también su himen, todo en una misma visita al doctor. Generalmente hay una fiesta familiar, una especie de rito de iniciación. Así es como se puede saber si una chica está disponible, las orejas...

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Tenía ahora toda la atención de Elena. La joven llevó furtivamente las manos hasta sus aros y no sólo se puso rosa, sino colorada.

- ¡Miles!, ¿van a pensar que yo estoy...?

- Bueno, es sólo que..., si alguien te molesta, quiero decir, si ni tu padre ni yo estamos cerca, no temas decirle que se vaya; lo hará, no lo toman como un insulto aquí. Pero me pareció mejor avisarte. - Se mordió un nudillo y entornó los ojos -. Ya sabes, si intentas ir las próximas seir semanas con las manos en las orejas...

Elena se puso rápidamente las manos en su regazo otra vez y le miró enardecida.

- Puede parecer terriblemente peculiar, lo sé - dijo Miles en tono de disculpa. Un abrasador recuerdo de cuán peculiar le turbó un momento.

Tenía quince años cuando hizo su visita escolar de un año a la Colonia Beta, y se encontraba por primera vez en su vida ante lo que parecían ilimitadas posibilidades para la intimidad sexual. Esta ilusión se cortó y se extinguió pronto, al ver que las jóvenes más fascinantes ya estaban comprometidas. El resto parecía dividirse, a partes iguales, entre buenas samaritanas, caprichosas/curiosas, hermafroditas y muchachos.

No le importaba ser objeto de caridad, y encontraba que era demasiado barrayano para las dos últimas categorías, aunque suficientemente betano para no incomodarse por las otras. Una breve aventura con una chica de la categoría caprichosas/curiosas resultó ser suficiente. La fascinación de la chica por las peculiaridades de su cuerpo le hizo, finalemente, avergonzarse más que ante la más abierta repulsión que hubiera experimentado en Barrayar, donde había un feroz prejuicio contra la deformidad. De todas maneras, después de descubrir que sus órganos sexuales eran decepcionantemente normales, la chica se había largado.

La aventura había terminado, para Miles, en una terrible depresión que se ahondó durante semanas, culminando al fin en una noche en la tercera y sumamente secreta vez que el sargento Bothari le había salvado la vida.

Había cortados dos veces a Bothari en su muda lucha por el cuchillo, ejerciendo una histérica fuerza contra la asustada preocupación del sargento por no romperle los huesos. El hombre logró finalmente sujetarle, y le sujetó hasta que Miles se rindió por fin, llorando su odio hacia sí mismo contra el pecho ensangrentado del sargento hasta que el agotamiento le calmó. El hombre que le había llevado en brazos de pequeño, antes de que él caminara a los cuatro años por primera vez, le alzó entonces como a un niño y le llevó a la cama. Bothari se curó sus propias heridas y jamás volvió a mencionar el incidente.

Los quince no fueron un buen año, Miles estaba decidido a no repetirlo. Sus manos se aferraron a la baranda del balcón, en un estado de resolución sin objeto. Sin objeto, como él mismo; por lo tanto, inútil. Se enfrascó en el pozo en el pozo ciego de sus pensamientos y, por un momento, incluso el resplandor de la Colonia Beta le pareció gris y opaco.

Cerca de ellos, cuatro betanos discutían acaloradamente en voz baja. Miles se volvió para ver mejor a los hombres. Elena empezó a decir algo sobre lo abstraído que estaba Miles, quien alzó una mano pidiéndole silencio. Ella obedeció, mirándole con curiosidad.

- Maldita sea - estaba diciendo un hombre corpulento, vestido con un sarong verde -, no me importa cómo lo haga, pero quiero que saquen a ese lunático de mi nave. ¿No pueden atacar y sacarle a la fuerza?

La mujer con uniforme de Seguridad de Beta movió la cabeza.

- Mire, Calhoun, ¿por qué debería arriesgar la vida de mi gente por una nave que ya, de todas maneras, es prácticamente chatarra? No es como si él tuviera rehenes o algo así.

- Tengo reunido un equipo de recuperación esperando, que cobra jornada y media por el tiempo extra. El hombre ha estado ahí tres días; tiene que dormir alguna vez, o mear, o hacer algo - dijo el civil.

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- Si está tan loco como usted afirma, probablemente no haya nada mejor que atacarle para que vuele la nave.

Espere a que salga. - La mujer de Seguridad se dirigió a un hombre con el uniforme gris y negro de una de las principales líneas espaciales comerciales. El pelo plateado en los laterales hacía juego con los triples círculos plateados de la frente y de las sienes, por los injertos neurológicos de piloto -. O háblele usted para que salga. Usted le conoce, es miembro de su sindicato, ¿no puede hacer algo con él?

- Oh, no - objetó el oficial piloto -, no me va a encajar esto a mí. Además, no quiere hablar conmigo, lo dejó bien claro.

- Está usted en la Junta este año, debe de tener alguna autoridad sobre él... Amenácele con revocarle la licencia de piloto, o algo así.

- Arde Mayhew todavía puede estar en la Hermandad, pero está atrasado dos años con sus cuotas, su licencia está en un terreno inestable ya y, francamente, creo que este episodio va a terminar de cocinarle. Todo el tema de este lío es que, en primer lugar, una vez que la última nave RG vaya para la chatarra - el oficial miró al voluminoso civil -, él no volverá a pilotar. Fue rechazado médicamente para otro injerto..., no le haría ningún bien aunque tuviese el dinero, y sé muy bien que no lo tiene. Trató de pedirme prestado el importe del alquiler la semana pasada. Al menos, dijo que era para el alquiler; más probable es que fuera para esa basura que bebe.

- ¿Se lo dio? - preguntó la mujer con uniforme azul de la administración del aeropuerto.

- Bueno... sí - contestó de mal humor el oficial -. Pero le dije que era la última vez, definitivamente. De todos modos... - miró sus botas como enojado y entonces estalló -, ¡preferiría verle morir en un resplandor de gloria que verle morir por estar encallado. Sé lo que yo sentiría si supiera que no voy a pilotar un viaje otra vez... - Apretó los labios, a la defensiva y agresivo, mirando a la administradora.

- Todos los pilotos están locos - murmuró la mujer de Seguridad -, porque les perforan el cerebro.

Miles escuchó todo con disimulo, desvergonzadamente fascinado. El hombre del que hablaban era un tipo raro, al parecer, un perdedor con problemas. Un piloto de saltos por túneles de agujeros de gusano, con un sistema de conexiones obsoleto en su cerebro, muy cercano a estar tecnológicamente desempleado, atrincherado en su vieja nave, resistiéndose al naufragio... ¿Cómo?, se preguntaba Miles.

- Un resplandor de obstáculos para el tráfico, querrá decir - se quejó la administradora -. Si cumple sus amenazas, habrá basura por todas las órbitas internas durante días, tendríamos que cerrar para limpiarlo todo... - Se volvió hacia el civil, completando el círculo -. ¡Y mejor no crea usted que le cargarán eso a mi departamento! Veré que su compañía reciba la factura si tengo que llevar las cosas al Departamento de Justicia.

El operario de recuperación y propietario de la nave se puso pálido y luego enrojeció.

- En primer lugar, fue su departamento el que le permitió a ese loco de mierda entrar en mi nave - gruñó.

- Dijo que se había dejado algunos efectos personales - se defendió la mujer -. No sabíamos que planeara algo como esto.

Miles imaginó al hombre, metido en su opaco nicho, sin aliados, como el último superviviente de un asedio sin esperanza. Apretó el puño inconscientemente. Su antepasado, el general conde Selig Vorkosigan, había levantado el famoso sitio de Vorkosigan Surleau con no más de un puñado de sirvientes escogidos, y estrategia, se decía.

- Elena - le susurró furiosamente, calmando su inquietud -, sigue mis indicaciones y no digas nada.

- ¿Hm? - murmuró ella, sobresaltada.

- Ah, buenas, señorita Bothari, está usted aquí - dijo en voz alta, como si acabara de llegar. La tomó del brazo y caminó hacia el grupo.

Sabía que confundía a los desconocidos en cuanto a su edad; a primera vista, su altura los llevaba a subestimarla; a una segunda, la cara, ligeramente oscurecida por una tendencia a tener una espesa barba, a pesar de 35

haberse afeitado, y prematuramente endurecida por una larga intimidad con el dolor, los llevaba a sobrestimarla. Había descubierto que podía volcar el equilibrio en cualquier dirección, a voluntad, por medio de un simple cambio de maneras. Convocó a diez generaciones de guerreros a sus espaldas y produjo su más austera sonrisa.

- Buenas tardes, caballeros - saludó. Cuatro miradas le saludaron, distintamente perplejas. Su cortesía casi se desplomó ante la hostilidad, pero mantuvo el tono -. Se me ha dicho que uno de ustedes podría indicarme dónde encontrar al oficial piloto Arde Mayhew.

- ¿Quién diablos es usted? - gruñó el operario de recuperación haciéndose aparentemente eco del pensamiento de todos.

Miles se inclinó suavemente, reprimiéndose apenas de desenvolver una capa imaginaria.

- Lord Miles Vorkosigan, de Barrayar, a su servicio. Ésta es mi asociada, la señorita Bothari. No he podido evitar oír... Creo que podría ser de utilidad para todos ustedes, sin me permitieran... - A su lado, Elena alzó las cejas perpleja, ante su nuevo, si bien vago, status oficial.

- Mira, chico - empezó a decir la administradora del puerto. Miles la miró bajando las cejas, disparándole su mejor imitación de la mirada militar del general conde Piotr Vorkosigan -, señor - se corrigió la mujer -, ehm..., ¿qué quiere exactamente del oficial piloto Arde Mayhew?

Miles alzó el mentón con un ligero movimiento.

- He sido comisionado para saldar una deuda con él. - Autocomisionado, unos diez segundos atrás...

- ¿Alguien le debe dinero a Arde? - preguntó asombrado el operario de recuperación.

Miles se irguió, aparentando una ofensa.

- No es diner - gruñó, como si él jamás tocara la sórdida materia -, es una deuda de honor.

La administradora pareció cautamente impresionada; el oficial piloto, complacido. La mujer de Seguridad parecía dudar. El propietario parecía dudar mucho.

- ¿Cómo me ayuda a mí eso? - preguntó hoscamente.

- Puedo hablar con el oficial piloto Mayhew para que abandone la nave - contestó Miles, viendo que se le abría camino - si me proporcionan los medios para encontrarme con él cara a cara. - Elena tragó saliva; él la tranquilizó con una imperceptible mirada.

Los cuatro betanos se miraban unos a otros, como si la responsabilidd pudiera barajarse y repartirse por contacto visual. Finalmente, el oficial piloto dijo:

- Bueno, qué demonios, ¿alguien tiene una idea mejor?

En la silla de control del transbordador personal, el oficial piloto superior de pelo cano habló - una vez más -

por la consola de comunicación.

- ¿Arde? Arde, soy Van. Respóndeme, por favor. He traído a alguien para que solucione las cosas contigo. Va a subir a bordo. ¿Todo bien, Arde? No vas a hacer ninguna locura ahora, ¿no?

El silencio fue la única respuesta.

- ¿Lo está recibiendo? - preguntó Miles.

- Su consola de comunicación, sí. Si ha bajado el volumen, si está ahí, si está despierto, si... está vivo, nadie lo sabe.

- Estoy vivo - gruñó una voz confusa de repente por el altavoz, sobresaltándolos. No había vídeo -. Pero tú no lo estarás, Van, si intentas abordar mi nave, traidor hijo de puta.

- No lo intentaré - prometió el oficial piloto superior -, sino el señor... lord Vorkosigan; está aquí.

Hubo un silencio ruidoso, si es que el silbido de la estática puede describirse como tal.

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- ¿No trabaja para ese chupasangre de Calhoun? - preguntó suspicazmente Mayhew.

- No trabaja para nadie - respondió Van.

- ¿Ni para el Consejo de Salud Mental? Nadie va a acercarse a mí con una maldita pistola de dardos; volaremos todos antes...

- Ni siquiera es betano, es de Barrayar. Dice que ha estado buscándote.

Otro silencio. Luego, una voz insegura, dudosa.

- No le debo nada a ningún barrayano, no creo... Ni siquiera conozcon a ningún barrayano.

Hubo una rara sensación de presión y un leve golpecito del exterior del casco, al entrar en contacto con el viejo carguero. El piloto movió un dedo a manera de señal para Miles, y éste aseguró la conexión de la escotilla.

- Listo - dijo.

- ¿Está seguro de que quiere hacer esto? - preguntó el oficial.

Miles asintió con un gesto. Escapar de la protección de Bothari ya había sido un milagro menor. Humedeció los labios y sonrió, disfrutando la excitación de la ingravidez y el temor. Confiaba en que Elena podría prevenir cualquier alarma innecesaria en tierra.

Miles abrió la escotilla. Hubo una ráfaga de aire al igualarse la presión dentro de las dos naves. Miró por un túnel oscuro como el alquitrán.

- ¿Tiene una linerna?

- Ahí en la percha - señaló el oficial.

Abastecido, Miles flotó cautelosamente en el tubo. La oscuridad marchaba delante de él, escondiéndose en los rincones y pasillos transversales y agolpándose tras él a medida que avanzaba. Hilvanó su paso al Cuarto de Navegación y Comunicaciones, donde presumiblemente estaría oculta su presa. La distancia era corta en realidad - los cuartos de la tripulación eran pequeños, la mayor parte de la nave estaba destinada a la carga -, pero el silencio absoluto daba al viaje una extensión subjetiva. La gravedad cero estaba produciendo ahora su efecto habitual, haciendo que Miles se lamentara de la última cosa que había comido. Vainilla, pensó. Debería haber tomado helado de vainilla.

Había una luz tenue por delante, que entraba en el corredor desde una escotilla abierta. Miles se aclaró ruidosamente la voz al aproximarse. Tal vez fuera mejor no sobresaltar al hombre, considerando las cosas.

- ¿Oficial Mayhew? - llamó con suavidad, y empujó la puerta -. Mi nombre es Miles Vorkosigan y estoy buscando... buscando... - ¿Qué diablos estaba buscando? Oh, bueno, dilo pronto -. Estoy buscando hombres temerarios -

concluyó con estilo.

El oficial piloto Mayhew estaba sentado, amarrado con correas a su silla de mando, en medio de un lamentable revoltijo. En el regazo tenía su receptor, una botella de litro llena por la mitad de un líquido borboteante, de un verde brillante y ponzoñoso, y una caja, conectada apresuradamente por una masa de cables a un panel de control medio destripado y coronada con una palanca de contacto. Tan fascinante como la caja detonante era una oscura, delgada y pequeña pistola de agujas, muy ilegal además para la ley betana. Mayhew miró con ojos parpadeantes y enrojecidos a la aparición en su puerta y se frotó con una mano, sosteniendo todavía el arma letal, la barba de tres días.

- ¿Ah, sí? - replicó vagamente.

Por el momento, Miles estaba distraído con la pistola de agujas.

- ¿Cómo pasó eso por la aduana de Beta? - preguntó con tono de genuina admiración -. Yo nunca he podido pasar más que un tirachinas.

Mayhew miró el arma en su mano como si ahora la descubriera, como una verruga inadvertida.

- La compré hace tiempo en Jacksonś. Jamás traté de sacarle de la nave. Supongo que me la hubieran quitado de haberlo intentado. Le quitan a uno todo ahí abajo.

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Miles se acomodó, cruzando las piernas en el aire, en lo que esperaba fuera una suerte de simpática y no amenazante postura para escuchar.

- ¿Cómo se metió en este aprieto? - preguntó, haciendo con la cabeza un gesto que incluía la nave, la situación y el regazo de Mayhew, lleno de objetos.

Mayhew se encogió de hombros.

- Suerte podrida. Siempre tuve una suerte podrida. Ese accidente con la RG 88... Fue la humedad de esos tubos rotos que mojó los sacos, que se hincharon y rajaron el tabique y desataron todo el asunto. El perito en cargas del puerto ni siquiera echó una mirada. ¡Maldita sea, lo que yo llevara o no llevara para beber no hubiera hecho la más mínima diferencia!

Aspiró por la nariz y se pasó la manga por la cara enrojecida; parecía alarmantemente a punto de llorar. Era algo muy perturbador de ver en un hombre que andaba, estimó Miles, por los cuarenta años. En vez de eso, Mayhew tomó un gran trago de su botella y, luego, con un resto de cortesía, se la ofreció a Miles.

Miles sonrió amablemente y la aceptó. ¿Debería aprovechar esa oportunidad para vaciarla, a fin de que Mayhew no siguiera emborrachándose? En gravedad cero, había inconvenientes para tal idea. Tendría que vaciarla en algun otro lado, si no quería pasarse toda la entrevista esquivando burbujas voladoras o lo que quiera que fuese. Era difícil hacerlo parecer un accidente. Mientras meditaba, probó el contenido, en interés de la investigación científica.

Apenas pudo evitar arrojarlo en caída libre, pulverizado. Espeso, con aroma a hierbas, dulce como jarabe - casi vomitó por la dulzura - y tal vez un 60 % etanol puro. ¿Pero qué era el resto? Le quemó el esófago, haciéndolo parecer como una representación animada del sistema digestivo, con todas sus partes destacadas en colores luminosos.

Respetuosamente, secó el borde con la manga y devolvió la botella a su dueño, quien la apretó otra vez bajo su brazo.

- Gracias - jadeó Miles. Mayhew contestó con una inclinación -. Entonces, ¿cómo...? - aspiró y aclaró la voz hasta un tono más normal -. ¿Qué planea hacer a continuación? ¿Cuáles son sus exigencias?

- ¿Exigencias? - dijo Mayhew -. ¿A continuación? Yo no... Es sólo que no voy a dejar que ese caníbal de Calhoun asesine mi nave. No hay... no hay ningún texto. - Meció la caja detonante en su regazo, una madonna desdichada -. ¿Alguna vez fue rojo?, - preguntó de golpe.

Miles tuvo una confusa visión de antiguos partidos políticos terráqueos.

- No, soy un Vor - respondió, no muy seguro de que fuera la contestación adecuada. Pero no pareció importar, Mayhew hablaba consigo mismo.

- Rojo. El color rojo. Pura luz fui yo una vez, en un viaje a un pequeño agujero de un sitio llamado Hespari II.

No hay en la vida experiencia como un viaje. Si uno nunca ha llevado las luces en su cerebro, colores a los que nadie jamás puso nombre , no hay palabras para describirlo. Mejor que los sueños o las pesadillas... mejor que una mujer...

mejor que la comida o la bebida, o que dormir o respirar... ¡y nos pagan por ello! Pobres tontos engañados, con nada bajo sus cráneos, salvo protoplasma... - Miró confuso a Miles -. Oh, perdón. Nada personal, usted no es piloto. Nunca más llevé un cargamento a Hespari -. Enfocó un poco más nítidamente a Miles -. Diga, usted es un desastre, ¿no?

- No tanto como usted - replicó Miles abiertamente irritado.

- Mmm - asintió el piloto. Le pasó otra vez la botella.

Curioso mejunje, pensó Miles. Lo que fuera que contuviese, parecía estar contrarrestando el efecto habitual que el alcohol le producía: hacerle dormir. Se sentía acalorado y con energía, como si ésta fluyera hasta sus manos y pies. Probablemente era así como Mayhew se había mantenido despierto tres días en esta lata desierta.

- Así, pues - continuó desdeñosamente Miles -, no tienes un plan de lucha. No has pedido un millón de dólares betanos en billetes pequeños, ni has amenazado con estrellar la nave contra el puerto de transbordadores, ni has tomado 38

rehenes, ni... ni nada constructivo en absoluto. Sólo te sientas aquí, matando el tiempo y tu botella, y desperdiciando tus oportunidades, por falta de un poco de resolución o imaginación o alguna otra cosa.

Mayhew parpadeó ante este inesperado punto de vista.

- Por Dios, por una vez Van ha dicho la verdad, no eres del Consejo de Salud Mental... Podría tomarte de rehén

- dijo con placidez, apuntando la pistola hacia Miles.

- No, no hagas eso - se apresuró Miles -. No puedo explicarte, pero... reaccionarían con todo allá abajo. Es una mala idea.

- Oh. - La pistola dejó de apuntar a Miles -. Pero, de todas maneras, ¿no ves que no pueden darme lo que quiero? - Palmeó su receptor de cabeza, tratando de explicar -. Quiero hacer saltos. Y no puedo, ya no puedo.

- Solamente en esta nave, deduzco.

- Esta nave va para la chatarra - su desesperanza era completa, inesperadamente racional -, tan pronto como yo ya no pueda mantenerme despierto.

- Ésa es una actitud inútil - dijo críticamente Miles -. Aplica un poco de lógica al problema, por lo menos.

Quiero decir esto: tú quieres ser piloto de saltos, sólo puedes serlo de saltos para una nave RG y ésta es la última nave RG; ergo, lo que necesitas es esta nave. Así que adquiérela. Sé un piloto-propietario. Haz tus propias cargas. Simple,

¿ves? ¿Me das un poco más de ese mejunje, por favor? - Miles comprobó que uno se acostumbraba muy rápido al gusto horrible.

Mayhew sacudió la cabeza, aferrando sus desesperanza y su caja como un niño abraza un juguete familiar y consolador.

- Lo intenté, lo he intentado todo. Pensé que obtendría un préstamo. Fracasó y, de todas maneras, Calhoun ofreció más que yo.

- Oh. - Miles le devolvió la botella, sintiéndose mareado. Miró al piloto, respecto del cual él flotaba ahora en ángulos rectos -. Bueno, todo loque sé es que uno no puede rendirse. La rran..., la rendición mancha el honor de los Vor.

- Comenzó a canturrear un trozo de una balada infantil que recordaba a medias: El sitio de Silver Moon: Había un Vor en ella, y una hermosa mujer hechicera que montaba un mágico mortero volador; machacaban en él los huesos de los enemigos al final -. Dame otro trago, quiero pensar. <<Si juramento quisieras prestar ante mí, tu legítimo dueño seré para ti...>>

- ¿Eh?

Miles se dio cuenta de que había cantado en voz audible, a pesar de lo baja.

- Nada, perdón. - Flotó en silencio unos minutos más -. Ése es el problema con el sistema betano - dijo tras un momento -, nadie asume responsabilidad personal por nadie. Todo son entidades corporativas ficticias y sin rostro... un gobierno de fantasmas. Lo que necesitas es un señor, un dueño legítimo que espada en mano destroce todas las ataduras oficiales. Como Vorthalia el Audaz y el Matorral de Espinos.

- Lo que necesito es un trago - dijo hoscamente Mayhew.

- ¿Hm? Oh, discúlpame. - Miles le devolvió la botella. En el fondo de su mente estaba formándose una idea, como una nebulosa que empezaba a condersarse. Un poco más de masa y comenzaría a incandescer, una protoestrella...

-. ¡Lo tengo! - gritó, enderezándose de golpe y dando accidentalmente una voltereta involuntaria.

Mayhew se reclinó, casi disparando la pistola contra el suelo. Miró indeciso el lico bajo su brazo.

- No, lo tengo yo - corrigió.

Miles se recompuso de la voltereta.

- Mejor hagamos esto desde aquí. Primer principio de la estrategia, nunca conceder una ventaja. ¿Puedo usar la consola de comunicación?

39

- ¿Para qué?

- Yo - dijo Miles con grandilocuencia - voy a comprar esta nave. Y luego te emplearé a ti para pilotarla.

Mayhew le miró perplejo, desviando la vista de Miles a la botella, alternativamente.

- ¿Tienes tanto dinero?

- Mmm..., bueno, tengo bienes...

Tras unos minutos de operar en la consola, la cara de Calhoun apareció en la pantalla. Miles le transmitió sucintamente su proposición. La expresión de Clahoun pasó de la incredulidad al ultraje.

- ¿Llama a eso un arreglo? - gritó -. ¡A precio de coste! - y añadió -: ¡Yo no soy un maldito agente de bienes raíces!

- Señor Calhoun - dijo con suavidad Miles -, me permito señalarle que la elección no es entre mi pagaré y esta nave, la elección es entre mi pagaré y una lluvia de escombros ardientes.

-Si descubro que está usted confabulando con ese...

- Jamás le había visto hasta hoy - se descargó Miles.

- ¿Qué inconveniente hay con ese terrano? - preguntó suspicazmente Calhoun -, aparte de estar en Barrayar, quiero decir.

- Es tierra parecida a una hacienda fértil - respondió Miles, no muy directamente -. Arbolado, cien centímetros de lluvia al año - eso tenía que atraer a un betano -, a escasos trescientos kilómetros de la capital - en la dirección del viento, afortunadamente para la capital - y me pertenece absolutamente. Acabo de heredarla recientemente de mi abuelo. Vaya y compruébelo con la Embajada de Barrayar. Constate las cartas climáticas.

- Esa lluvia... no cae toda en el mismo día o algo así, ¿no?

- Por supuesto que no - replicó Miles, irguiéndose indignadamente. No era fácil con gravedad cero -. Es tierra ancestral, ha pertenecido a mi familia durante diez generaciones. Puede estar seguro de que haré cuanto sea necesario para cubrir ese pagaré antes de permitir que mi tierra se me escape de las manos...

Calhoun se frotó la barbilla.

- El coste más el veinticinco por ciento.

- Diez por ciento.

- Veinte

- Diez, o le dejo que trate directamente con el oficial Mayhew.

-Está bien - gruñó Calhoun -, el diez por ciento.

-¡Hecho!

No era tan sencillo, por supuesto. Pero, gracias a la eficiencia de la red betana de información planetaria, una transacción, que en Barrayar hubiera llevado días, pudo cerrarse en menos de una hora desde la cabina de control de Mayhew. Astutamente, Miles se negó a abandonar la ventaja táctica, útil para negociar, que les daba la posesión de la caja explosiva. Mayhew, tras su asombro inicial, se quedó en silencio, rehusando salir.

- Mira, chico - dijo de pronto, en medio de la complicada transacción -, aprecio lo que estás tratando de hacer, pero... es demasiado tarde. Comprende, cuando baje no van a estar riéndose precisamente. Seguridad va a estar esperando ahí con una patrulla del Consejo de Salud Mental detrás. Me echarán una red de inmediato... En uno o dos meses, me verás pasear sonriendo; uno siempre está sonriendo después que el C.S.M. hace su trabajo... - Sacudió la cabeza con un gesto de desesperanza -. Es demasiado tarde.

- Nunca es demasiado tarde mientras uno respira - sentenció Miles. Hizo el equivalente en gravedad cero de caminar por el cuarto, empujándose desde una pared, girando en el aire y empujándose desde la pared opuesta una 40

docena de veces, pensando -. Tengo una idea - dijo al fin -. Apuesto a que nos dará tiempo, al menos tiempo suficiente, para encontrar algo mejor... El problema es que, como no eres barrayano, no vas a entender lo que haces, y es un asunto serio.

Mayhew le miró completamente desconcertado.

- ¿Eh?

- Es así. - Un porrazo, un giro, enderezarse, otro porrazo -. Si estuvieras dispuesto a jurarme fidelidad como vasallo, en calidad de simple hombre de armas, tomándome por tu señor, que es la más seria de nuestras fórmulas de juramento, yo podría quizás incluirte bajo mi inmunidad diplomática Clase III. Sé que lo haría si fueras un súbdito barrayano. Por supuesto, eres ciudadano de Beta. Pero, en todo caso, estoy bastante seguro de que podríamos armar un lío de abogados y ganar varios días mientras se resuelve qué leyes tienen procedencia. Legalmente, yo estaría obligado a darte cama, comida, ropa, armamento, y supongo que esta nave podría considerarse como tu armamento, protección, en caso de desafío de algún otro vasallo de otro señor, lo que difícilmente tendrá aplicacion aquí en Colonia Beta, y...

oh, hay algo con respecto a tu familia. De paso, ¿tienes familia?

Mayhew sacudió negativamente la cabeza.

- Eso simplifica las cosas. - Porrazo, giro, vuelta, enderezamiento, porrazo -. Mientras tanto, ni Seguridad ni el C.S.M. podrían tocarte, pues serías legalmente una parte de mi cuerpo.

Mayhew parpadeó.

- Eso suena retorcido como el demonio. ¿Dónde firmo? ¿Cómo lo registras?

- Todo lo que tienes que hacer es arrodillarte, poner tus manos entre las mías y repetir unas dos frases. Ni siquiera se necesitan testigos, aunque la costumbre es que haya dos.

Mayhew encogió los hombros.

- Está bien. Seguro, chico.

Porrazo, giro, vuelta, enderezamiento, porrazo.

- Está-bien-seguro-chico. Sabía que no lo comprenderías. Lo que he descrito es sólo una minúscula parte de mi mitad del convenio, tus privilegios. El vínculo incluye también tus obligaciones y un montón de derechos que tengo sobre ti. Por ejemplo, sólo por ejemplo, si rehusaras cumplir una orden mía en el fragor de la batalla, yo tendría el derecho de cortarte la cabeza, ahí mismo.

Mayhew abrió la boca.

- ¿Te das cuenta - dijo después - de que el Consejo de Salud Mental también va a echarte una red a ti...?

Miles sonrió sarcásticamente.

- no pueden, porque si lo intentaran, yo podría pegarle un grito a mi señor para que me proteja. Y lo conseguiría, además. Es muy quisquilloso en lo referente a quién le hace qué a sus súbditos. Ah, ésa es otra, si te conviertes en mi vasallo, automáticamente te pones en relación con mi señor; es algo complicado.

- Y con el de él y el de ése y el otro, supongo. Conozco todo sobre las cadenas de mandos - dijo Mayhew.

- Bueno, no, sólo llega hasta mi señor. Yo presté juramento directamente a Gregor Vorbarra, como vasallo secundus. - Miles se dio cuenta de que lo mismo podría haber dicho cualquier otra cosa, por lo que habían significado sus palabras para Mayhew.

- ¿Quién es ese Greg? - preguntó el piloto.

- El emperador de Barrayar - agregó Miles, para asegurarse de que lo entendiera.

- Oh.

Típicamente betano, pensó Miles. No estudian la historia de nadie excepto la propia y la de la Tierra.

- De todas maneras, piénsalo; no es algo en lo que deberías precipitarte.

41

Cuando la última impresión de voz quedó registrada, Mayhew desconectó cuidadosamente la caja; Miles contuvo el aliento y el oficial piloto senior volvió para llevarlos de vuelta a la base.

El piloto senior se dirigió a él ahora con un tono más respetuoso.

- No tenía ni idea de que perteneciera a una familia tan rica, lord Vorkosigan. Fue una solución al problema que, por cierto, no había previsto, aunque seguramente una nave no es más que una bagatela para para un noble de Barrayar.

- No del todo - contestó Miles -. Voy a tener que hacer algunos chanchullos para cubrir ese pagaré. Mi familia fue muy adinerada, debo admitirlo, pero eso fue en la Época del Aislamiento. Entre los trastornos económicos al final de ese período y la Primera Guerra Cetagandana, quedamos bastante aniquilados, en términos económicos. - Sonrió un poco -. Ustedes los galácticos nos tuvieron de acá para allá. Mi tatarabuelo, por el lado Vorkosigan, cuando los primeros mercaderes galácticos dieron con nosotros, pensó que iba a hacer un gran negocio con las joyas, ya sabe, diamantes, rubíes, esmeraldas, que los galácticos parecían estar vendiendo tan baratas. Invirtió todos sus bienes y valores líquidos y la mitad de sus bienes muebles en ellas. Bueno, por supuesto, eran sintéticas, mejor que las naturales y baratas como el lodo, o la arena; y los fondos pronto se agotaron, y él con ellos. Me contaron que mi tatarabuela jamás le perdonó.

Hizo un vago ademán a Mayhew, quien le pasó la botella con un gesto condicionado. Miles se la ofreció añ piloto, el cual la rechazó con aire de disgusto. Miles se encogió de hombros y tomó un largo trago. Sorprendentemente, un mejunje agradable. Su sistema circulatorio, al igual que el digestivo, parecía ahora estar reluciendo con tintes del arco iris. Sintió que podría estar días sin dormir.

- Desgraciadamente, la mayor parte del terreno que vendió estaba en Vorkosigan Surleau, que es bastante seco, aunque no para los cánones betanos, por supuesto, y el que conservó estaba en Vorkosigan Vashnoi, que era mejor.

- ¿Qué tiene eso de desafortunado? - preguntó Mayhew.

- Bueno, porque era el asiento principal del gobierno de los Vorkosigan, y porque éramos dueños más o menos de cada vara y de cada piedra que había allí (era un centro comercial muy importante) y como los Vorkosigan fueron...

prominentes en la Resistencia, los cetagandanos tomaron la ciudad. Es una larga historia, pero, finalmente, destruyeron el lugar. Ahora, es un gran agujero en la tierra. Se puede ver una débil fosforescencia en el cielo, en una noche oscura, a veinte kilómetros de distancia.

El piloto llevó suavemente la pequeña nave hasta su desembarcadero.

- Oye - dijo Mayhew de repente -, ese terreno qe teníais en Vorkosigan no-sé-cuánto...

- Vashnoi. Tenemos. Cientos de kilómetros cuadrador, y la mayor parte en la dirección del viento. ¿Sí?

- ¿Es la misma...? - Su cara se estaba iluminando como si el sol asomara tras una larga y oscura noche -. ¿Es la misma que hipotecaste para...? - Empezó a reír, encantado, sin aliento; ambos desembarcaron -. ¿Es lo que le prometiste a ese arrastrado de Calhoun a cambio de mi nave?

- Caveat emptor - sentenció Miles -. Que el comprador se cuide. Él indagó las cartas climáticas; nunca se le ocurrió indagar las cartas de radiactividad. Probablemente, no estudia tampoco la historia de nadie más.

Mayhew se sentó en la bahía de la dársena, riendo tan fuertemente que inclinaba su frente casi hasta el suelo.

Su risa tenía más de un extremo histérico; varios días sin dormir, después de todo...

- Chico - gritó -, ¡dame un trago!

- Me propongo pagarle, como comprenderás - explicó Miles -. Las hectáreas que eligió harían un agujero poco estético en el mapa para algún descendiente mío, dentro de unos siglos, cuando la radiactividad haya pasado. Pero si se pone codicioso o pesado para cobrar, obtendrá lo que se merece.

Tres grupos de personas se aproximaban a ellos. Al parecer, Bothari había escapado finalmente de la aduana, porque lideraba el primer grupo. Traía abierto el cuello de la camisa y parecía estar decididamente molesto. Ay, ay, ay, 42

pensó Miles, parece que le desnudaron para revisarle, lo cual garantiza que está de un humor feroz. Le seguía un nuevo agente betano de Seguridad y un civil betano que cojeaba, a quien Miles no había visto nunca antes y que gesticulaba y se quejaba amargamente. El hombre tenía una contusión en la cara y un ojo hinchado y semicerrado. Elena venía detrás, al borde de las lágrimas.

El segundo grupo estaba conducido por la administradora del puerto de transbordadores e incluía ahora a gunos ofciales. El tercer grupo lo encabezaba la mujer de Seguridad. Con ella venían dos corpulentos agentes y cuatro componentes del personal médico. Mayhew miró de derecha a izquierda y se desembriagó de inmediato. Los hombres de Seguridad tenían sus inmovilizadores desenfundados.

- Oh, chico - murmuró. Los de Seguridad movían los inmovilizadores como abanicos. Mayhew se dejó caer de rodillas -. Oh chico...

- Tienes que decidirlo tú, Arde - dijo en voz baja Miles.

- ¡Hazlo!

Los Bothari llegaron. El sargento abrió la boca. Miles, bajando la voz, salió al paso de su incipiente rugido;

¡por cierto que era un truco efectivo!

- Atención, por favor, sargento. Requiero su testimonio. El oficial piloto Mayhew está a punto de prestar juramento.

La boca del sargento quedó como atornillada, pero se dispuso a atender.

- Pon tus manos entre las mías, Arde, así, y repite conmigo: <<Yo, Arde Mayhew>>, ¿es éste tu nombre legal completo?, úsalo, entonces, <<declaro bajo juramento que soy un hombre libre, no comprometido con nadie, y que serviré a lord Miles Vorkosigan como simple Hombre de Armas>>, adelante, di esa parte. - Mayhew lo hizo, moviendo los ojos de un lado a otro -. <<Y que será mi señor y comandante hasta que mi muerte o la suya me libere.>> Repetido esto, Miles dijo, más bien rápido, ya que la gente se acercaba:

- <<Yo, Miles Naismith Vorkosigan, vasallo secundus del emperador Gregor Vorbarra, acpeto tu juramento y prometo protegerte como tu señor y comandante, por mi palabra como Vorkosigan.>> Ya está, ahora puedes levantarte.

Una buena cosa, pensó Miles, es haber distraído completamente al sargento de lo que estaba a punto de decir.

Bothari recuperó la voz finalmente.

- Mi señor - susurró -, ¡no puede recibir el juramento de un betano!

- Es lo que he hecho - señaló alegremente Miles.

Pegó un saltito, sintiéndose inusualmente complacido consigo mismo. La mirada del sargento pasó por la botella de Mayhew y volvió a concentrarse en Miles.

- ¿Por qué no estáis dormidos? - preguntó.

El agente de Seguridad indicó a Miles con un gesto.

- ¿Es éste el tipo?

La oficial de Seguridad del grupo original del puerto se acercó. Mayhew había permanecido de rodillas, como tramando escaparse bajo el fuego que pasaba por encima de su cabeza.

- Oficial piloto Mayhew - gritó la mujer -, está usted bajo arresto. Éstos son sus derechos; tiene derecho a...

El civil magullado interrumpió, señalando a Elena.

- ¡Al carajo con él! ¡Esta mujer me atacó! Hay una docena de testigos. Maldita sea, quiero que sea procesada.

Es malvada.

Elena tenía las manos en las orejas otra vez; su labio inferior, que sobresalía, temblaba ligeramente. Miles se imaginó la escena.

- ¿Le golpeaste?

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Ella asintió.

- Pero es que me dijo cosas horribles...

- Mi señor - dijo Bothari en tono de reproche -, fue un gran error por su parte dejarla sola en este lugar.

La mujer de Seguridad recomenzó:

- Oficial piloto Mayhew, tiene derecho a...

- Creo que me ha sacado el ojo de la órbita - se quejó el hombre golpeado -. Voy a demandar...

Miles le dirigió a Elena una sonrisa especial tranquilizándola.

- No te preocupes, me encargaré de ello.

- Tiene derecho a... - gritó la mujer de Seguridad.

- Perdón, agente Brownell - la interrumpió delicadamente Miles -. El oficial piloto Mayhew es ahora mi vasallo. Como su señor y comandante, todo cargo contra él debe ser dirigido a mí. Será entonces mi deber determinar su validez y dar las órdenes para su adecuado castigo. Él no tiene ningún derecho sino el de aceptar desafío en combate singular ante cierta categoría de calumnias que son un poco complicadas de explicar en este momento... - Obsoleto, esto también, ya que el duelo fue declarado fuera de la ley por edicto Imperial, pero estos betanos no notarían la diferencia -.

Así que, a menos que tenga encima dos pares de espadas y esté dispuesta a, digamos, insultar a la madre del oficial piloto Mayhew, deberá simplemente... contenerse.

Oportuna advertencia; la mujer de Seguridad parecía a punto de explotar. Mayhew asentía esperanzadamente con un movimiento de su cabeza, sonriendo débilmente. Bothari se movía incómodo, inventariando con la mirada los hombres y armas del gentío. Calma, pensó Miles; tomemos esto con tranquilidad.

- Levántate, Arde...

Hizo falta un poco de persuasión, pero la agente de Seguridad consultó finalmente con sus superiores sobre la estrafalaria defensa que Miles esgrimía del oficial Mayhew. A esas alturas, como Miles había esperado y previsto, los procedimientos cayeron en una maraña de hipótesis legales interplanetarias no comprobadas, que amenazaban absorber un número cada vez mayor de personal de la Embajada de Barrayar y del Departamento de Estado betano.

El caso de Elena era más simple. El betano ultrajado fue a llevar su caso directamente a la Embajada, en persona. Allí, sabía Miles, el caso sería tragado por una infinita cinta de Moebius de archivos, formularios e informes, especialmente atendidos en esas ocasiones por un equipo altamente competente. Los formularios incluían algunos particularmente creativos, que tenían que hacer el viaje de seis semanas a Barrayar y que, con toda seguridad, serían enviados de vuelta varias veces por mínimos errores de ejecución.

- Tranquilízate - le susurró Miles a Elena en un aparte -. Enterrarán a ese tipo en archivos tan profundos que jamás volverás a verle. Funciona de maravillas con los betanos, se ponen contentos porque todo el tiempo piensan que te están haciendo algo. Lo único, no mates a nadie. Mi inmunidad diplomática no llega tan lejos.

El agotado Mayhew se balanceaba sobre sus pies para cuando los betanos cedieron. Miles, sintiéndose como un viejo pirata de mar después de un saqueo triunfal, se lo llevó a rastras.

- Dos horas - masculló Bothari -, sólo hemos estado en este maldito lugar dos malditas horas...

44

6

- Miles, querido - le saludó su abuela, pellizcándole la mejilla como una norma de bienvenida -, llegas bastante tarde, ¿problemas en la aduana otra vez? ¿Estás cansado por el viaje?

- Ni un poquito.

Rebotó sobre sus talones, echando de menos la gravedad cero y el movimiento libre. Se sentía como para correr cincuenta kilómetros o como para ir a bailar o algo por el estilo. Los Bothari, en cambio, parecían cansados y el oficial piloto Mayhew estaba casi verde. El oficial, tras la breve presentación, fue enviado al cuarto de servicio a lavarse, elegir entre un par de pijamas demasiado pequeños o demasiado grandes y caer inconsciente a lo largo de la cama como si le hubieran aporreado con una maceta.

La abuela de Miles sirvió la cena para los supervivientes y, como esperaba Miles, parecía encantada con Elena.

Elena estaba teniendo un ataque de timidez ante la presencia de la madre de la admirada condesa Vorkosigan, pero Miles estaba completamente seguro de que la anciana mujer pronto la aliviaría del mismo. Elena podría incluso adquirir un poco de la indiferencia betana de la abuela para con las distinciones de clase de Barrayar. ¿Podría eso itigar la opresiva represión que parecía haber crecido entre él y Elena desde que dejaron de ser niños? Era el maldito traje de Vor que usaba, pensó Miles. Había días en que lo sentía como una armadura; arcaico, ruidoso, incrustado y atornillado.

Incómodo de usar, imposible para abrazar. Que den a Elena un abrelatas y la dejen ver qué blanda y miserable babosa encierra esta vaina vistosa - no, eso, no, cualquier cosa no tan repelente -; sus pensamientos se enterraban en la oscura cascada del cabello de Elena. Suspiró. Notó entonces que su abuela le hablaba.

- Perdóname, ¿decías...?

- Yo decía - repitió la abuela pacientemente entre mordiscos - que uno de mis vecinos... tú lo recuerdas, el señor Hathaway, el que trabaja en el centro de reciclaje; sé que le conociste cuando estuviste aquí por la escuela...

- Oh, sí, desde luego.

- Tiene un pequeño problema que nosotros pensamos que tú, quizá, podrías ayudarle a resolver, siendo barrayano. Se lo ha estado reservando, desde que supimos que venías. Él ha pensado, si es que no estáis demasiado cansados, que tal vez podríais ir a verle esta noche, ya que el problema está empezando a ser bastante molesto...

- Realmente, no puedo decirle gran cosa de él - dijo Hathaway, contemplando el vastgo solar que estaba especialmente a su cargo. Miles se preguntaba cuánto llevaría acostumbrarse al olor -, excepto que dice que es de Barrayar. Desaparece de tanto en tanto, pero siempre vuelve. Traté de persuadirle para que fuera a un Refugio, al final, pero la idea no pareció gustarle. Últimamente no he podido acercarme a él. Jamás trató de dañar a nadie ni nada, pero uno nunca sabe, siendo barryano y... Oh, perdón.

Hathaway, Miles y Bothari se abrieron paso por entre el accidentado y traicionero camino, cuidando dónde pisar. Los raros objetos apilados tendían a girar inesperadamente, haciendo tropezar a los incautos. Todo el detrito de la alta tecnología, esperando la apoteosis como el siguiente paso de la ingenuidad betana, brillaba en medio de la más banal y universal basura humana.

- Oh, maldita sea - gritó de repente Hathaway -, ha vuelto a encender fuego otra vez. - Una pequeña voluta de humo gris se alzaba a un centenar de metros -. Espero que no haya estado quemando madera en esta ocasión. Me resulta imposible convencerle de lo valiosa... Bueno, servirá al menos para guiarnos hasta él.

Entre las pilas, una especie de pozo hacía la ilusión de un refugio. Un hombre delgado, de pelo oscuro, poco menos de treinta años, se agazapaba hoscamente sobre un diminuto fuego, cuidadosamente encendido en el fondo del plato de una antena parabólica poco profunda. Un sustituto de mesa que había visto la luz como consola de un 45

ordenador era ahora evidentemente la cocina del hombre, donde guardaba algunas piezas planas de plástico y de metal que hacían las veces de platos y enseres. Una enorme carpa, con sus escamas brillando rojas y doradas, esperaba destripada, lista para ser cocinada.

Unos ojos oscuros, con negras ojeras de cansancio, se alzaron de pronto ante el ruido que provocaron Miles y los otros al aproximarse. El hombre se agachó, aferrando lo que parecía ser un cuchillo de fabricación casera; Miles no podría decir de qué estaba hecho, pero, ciertamente, era un buen cuchillo, a juzgar por el trabajo hecho en la carpa. La mano de Bothari comprobó automáticamente su inmovilizador.

- Creo que es un barrayano - le señaló Miles a Bothari -. Mira la manera en que se mueve.

Bothari asintió con la cabeza. El hombre sostenía el cuchillo con propiedad, como un soldado, con la mano izquierda protegiendo la derecha, listo para bloquear un ataque o para abrirle camino al arma. No parecía consciente de su postura.

Hathaway alzó la voz.

- ¡Eh, Baz! Traigo unas visitas, ¿de acuerdo?

- No.

- Eh, oye - dijo Hathaway, deslizándose un poco por una pila de escombros; acercándose, pero no demasiado -.

No te he molestado, ¿no? Te he dejado vagar por aquí durante días, no hay problema en tanto no te lleves nada... Eso no es madera, ¿no? Oh, está bien..., lo dejaré pasar por esta vez, pero quiero que hables con esta gente. Creo que me lo debes. ¿De acuerdo? De todas maneras, son de Barrayar.

Baz los miró fijamente; en su expresión, había una extraña mezcla de hambre y desaliento. Sus labios formaban una muda palabra. Miles la leyó: hogar. Estoy medio oculto, pensó Miles, bajemos donde pueda verme mejor.

Caminó cuidadosamente hasta alcanzar a Hathaway.

Baz le miró detenidamente.

- Tú no eres barrayano - dijo de plano.

- Soy la mitad betano - replicó Miles, sin ganas de entrar en su historia médica justo ahora -, pero fui criado en Barrayar. Es mi hogar.

- Hogar - susurró el hombre, apenas audiblemente.

- Estás bastante lejos de casa. - Miles acomodó una caja de plástico de la que colgaban algunos cables, dándole el triste aspecto de algo destripado, y se sentó encima. Bothari tomó posición más arriba, entre los escombros, a la distancia de un salto cómodo -. ¿Te has quedado varado aquí, o algo así? ¿Necesitas alguna ayuda para volver a casa?

- No.

El hombre desvió la mirada, molesto. El fuego casi se había apagado. Puso una parrilla metálica de un acondicionador de aire sobre las brasas y colocó el pescado en ella.

Hathaway miraba fascinado el procedimiento.

- ¿Qué vas a hacer con ese pescado?

- Comérmelo.

Hathaway pareció repugnado.

- Mira, oye, todo lo que tienes que hacer es presentarte en un Refugio y conseguirte una tarjeta; y podrás tener todas las tajadas de proteínas que quieras, de cualquier sabor, limpias y frescas, de los depósitos. Nadie necesita realmente comer un animal muerto en este planeta. ¿De dónde lo has sacado, ya que estamos?

Baz contestó esquivamente.

- De un estanque.

Hathaway quedó boquiabierto por el horror.

46

- ¡Esas muestras pertenecen al Zoo de Silica! ¡No puede comerse un animal exhibido!

- Había un montón, pensé que nadie echaría en falta uno. No lo robé, lo pesqué.

Miles se frotó la barbilla pensativo, sacudió ligeramente la cabeza y extrajo la botella verde del piloto Mayhew, que había guardado en su chaqueta en un impulso de último momento. Baz observó el movimiento y luego se tranquilizó al ver que no era un arma. Según la etiqueta de Barrayar, Miles tomó un trago primero - dio un sorbo pequeño esta vez -, secó el borde de la botella con la manga y le ofreció la bebida al hombre delgado.

- ¿Un trago con la cena? Es bueno, te hace tener menos hambre y seca los mocos además. Sabe a pis de caballo y miel.

Baz frunció el ceño, pero tomó la botella.

- Gracias. - Dio un trago y agregó con un suspiro estrangulado -: ¡Gracias! - Se sirvió la cena en algo parecido a un plato y se sentó con las piernas cruzadas en medio de la basura -. ¿Alguien quiere...?

- No, gracias, acabo de cenar.

- ¡Dios santo, ni pensarlo! - gritó Hathaway.

- Ah - dijo Miles -. He cambiado de opinión, lo probaré.

Baz le ofreció un bocado con la punta de su cuchillo; las manos de Bothari se crisparon. Miles lo sujetó con la boca, a la manera de campaña, y lo masticó, sonriéndole sarcásticamente a Hathaway. Baz alargó el brazo con la botella, señalando a Bothari.

- Tal vez su amigo...

- No puede - le excusó Miles -. Está de servicio.

- Guardaespaldas - susurró Baz. Volvió a mirar a Miles con esa extraña expresión de temor y algo más -. ¿Qué diablos eres?

- Nada a lo que debas temer. De lo que sea que te estás ocultando, no soy yo. Tienes mi palabra al respecto, si quieres.

- Vor - dijo Baz, soplando suavemente -. Tú eres Vor.

- Bueno, sí. ¿Y qué diablos eres tú?

- Nadie. - Limpió su pescado en un minuto. Miles se preguntó cuánto tiempo habría pasado desde su última comida.

- Es duro ser nadie en un sitio como éste - observó Miles -. Todo el mundo tiene un número, todo el mundo tiene un lugar asignado; no hay muchos intersicios para ser nadie. Debe de requerir mucho esfuerzo e ingenio.

- Tú lo has dicho - contestó Baz con la boca llena de carpa -. Éste es el peor lugar que jamás he visto, uno tiene que estar mudándose todo el tiempo.

- Ciertamente sabrás - dijo Miles con indecisión - que la Embajada de Barrayar te ayudará a volver a casa, si así lo quieres. Por supuesto, tendrás que pagar el viaje después, y son sumamente estrictos en cuanto al cobro, no están en el negocio de brindarles paseos gratis a los autoestopistas; pero si realmente estás en problemas...

- ¡No! - Fue casi un grito que provocó un débil eco por todo el enorme solar. Baz bajó la voz, avergonzado -.

No, no quiero volver a casa. Tarde o temprano conseguiré algún trabajo en el puerto de transbordadores y me embarcaré a un sitio mejor. Tiene que aparecer algo pronto.

- Si quieres trabajo - dijo Hathaway ansiosamente -, todo lo que tienes que hacer es registrarte en...

- Conseguiré algo por mis propios medios - le interrumpió ásperamente Baz.

Las piezas estaban poniéndose en su lugar.

- Baz no desea registrarse en ningún lado - le explicó Miles a Hathaway con un tono fríamente didáctico -.

Hasta el momento, Baz es algo que creí imposible en Colonia Beta. Es un hombre que no está aquí. Pasó los radares 47

cruzó la red de información sin una sola señal de presencia. Nunca llegó, nunca pasó por la aduana y apuesto a que utilizó un truco endiabladamente hábil; en lo que concierne a los ordenadores, no ha comido, dormido o comprado nada ni está registrado ni tiene crédito... y preferiría morirse de hambre antes que arreglar su situación.

- Por el amor de Dios, ¿por qué? - preguntó Hathaway.

- Desertor - dijo lacónicamente Bothari desde lo alto -. He visto antes esa pinta.

Miles asintió.

- Creo que ha dado en el clavo, sargento.

Baz se levantó de un salto.

- ¡Eres del Servicio de Seguridad! ¡Bastardo retordico...!

- Siéntate - le invalidó Miles, sin perturbarse -. Yo no soy nadie, ni siquiera soy tan bueno en eso como tú.

Baz vaciló. Miles le estudió con gesto serio; todo el placer de la excursión se diluyó en un baño de fría ambigüedad, de golpe.

- No me imagino... ¿Asistente?, no. ¿Teniente?

- Sí - contestó hoscamente el hombre.

- Un oficial. Sí. - Miles se mordió el labio, turbado ahora -. ¿Fue en plena batalla?

Baz hizo una mueca y contestó esquivo:

- Técnicamente.

- Hm.

Un desertor. Extraño, más allá de toda comprensión, el que un hombre cambiase el envidiado esplendor del Servicio por el gusano del miedo, instalado en su vientre como un parásito. ¿Escapaba de un acto de cobardía?, ¿de algún otro delito?, ¿o de un error, de alguna horrible, fatal equivocación? Técnicamente, Miles tenía el deber de ayudar al Servicio de Seguridad en la captura del sujeto; pero no había venido aquí esta noche para ayudar al hombre, no para destruirle...

- No entiendo - dijo Hathaway -. ¿Cometió algún delito?

- Sí, uno muy grave: deserción en el fragor de la batalla - contestó Miles -. Si le extraditan, la pena será de confinamiento.

- No parece tan terrible - comentó Hathaway, encogiendo los hombros -. Ha estado en mi centro de reciclaje durante dos meses. Difícilmente sería peor...

- No sería para encerrarle - continuó Miles -, sino para descuartizarle. Cortarle en cuatro.

Hathaway le miró azorado.

- ¡Pero eso le mataría! - Miró a su alrededor y languideció ante la exasperada y unificada mirada de los tres barrayanos.

- Betanos - dijo Baz con disgusto -. No aguanto a los betanos.

Hathaway murmuró algo en voz baja; Miles alcanzó a oír <<bárbaros sedientos de sangre>>.

- Entonces, si no sois del Servicio de Seguridad - concluyó Baz, sentándose nuevamente -, bien podéis marcharos. No hay nada que podáis hacer por mí.

- Voy a tener que hacer algo - dijo Miles.

- ¿Por qué?

- Me... me temo que, sin darme cuenta, te he hecho un flaco favor, señor..., señor... Podrías decirme tu nombre, de paso.

- Jesek.

48

- Señor Jesek. Mira, yo mismo estoy bajo vigilancia de Seguridad; al venir, he puesto tu situación en peligro.

Lo siento.

Jesek palideció.

- ¿Por qué te vigila a ti el Servicio de Seguridad?

- No es el Servicio de Seguridad Imperial, me temo.

El desertor perdió el aliento; su rostro se agotó completamente. Se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza en las rodillas, como para contrarrestar el desvanecimiento. Un sordo susurro:

- Por Dios... - Miró a Miles -. ¿Qué has hecho tú, muchacho?

Miles dijo ásperamente:

- ¡No le he hecho a usted esa pregunta, señor Jesek!

El desertor masculló una disculpa. No puedo dejar que sepa quién soy, pensó Miles, o se irá disparado y correrá directo a mi supuesta red de Seguridad; incluso, tal como es, el teniente Croye o sus serviles del equipo de Seguridad de la Embajada van a empezar a investigar a este hombre. Se pondrán locos cuando descubran que es el hombre invisible. A más tardar mañana, si le practican el control de rutina. Habré matado a este hombre; ¡no!

- ¿Qué hacías antes en el Servicio? - tanteó Miles para ganar tiempo y pensar.

- Era asistente de un ingeniero.

- ¿Construcciones? ¿Sistemas de armamento?

La voz del hombre se afianzó.

- No, motores de naves de salto. Algunos sistemas de armamentos. Intento conseguir un trabajo técnico en cargueros privados, pero la mayor parte del equipamiento en el que estoy entrenado es obsoleto en este sector. Motores de impulso armónico, por color Necklin; difícil de obtener. Tengo que alejarme de los principales centros económicos.

Un sonoro <<¡Hm!>> escapó de los labios de Miles.

- ¿Entiendes algo de cargueros RG?

- Seguro. Trabajé en un par de ellos, pero ahora ya no quedan.

- No exactamente. - Una disonante agitación estremeció a Miles -. Conozco uno. Estará realizando un vuelo pronto, si puedo conseguir cargamento y tripulación.

Jesek le miró suspicazmente.

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